lunes, 20 de junio de 2011

Un toque de canela

Fanis Iakovidis es un famoso profesor de astrofísica. Tiene 40 años y ha alcanzado un momento crucial en su vida, una encrucijada existencial que su ciencia no podrá ayudarle a resolver. Su abuelo y mentor, "el abuelo Vassilis" vive en Estambul y ha desarrollado su propia filosofía culinaria práctica, venerada y aplicada por los turcos de forma similar. Fanis no ha visto a su abuelo desde que tenía 7 años. Por ello, cuando el anciano decide repentinamente viajar a Grecia después de tantos años, su inminente visita se presenta como una acontecimiento clave en la vida de Fanis. Cuando los viejos amigos de su abuelo llegan a casa de Fanis y están a punto de brindar a su salud, una llamada telefónica le informa de que el abuelo Vassilis ha caído enfermo de repente. Fani se ve catapultado de forma inevitable a un inesperado viaje hacia Estambul, un viaje de retorno en el tiempo y en el espacio.

Al ver uno no ha de esperar encontrar acción, complicadas y apasionantes tramas e inesperadas sorpresas... Un toque de canela no es de ese tipo de películas. Yo la describiría más bien como una poesía hecha imágenes. Sí, esa es la impresión final que me ha dado. Tal vez sea un poco lenta, sin mucho contenido argumental: ese es su punto débil. Por lo demás, una sucesión de bellas escenas cuentan con poesía una historia sencilla que se desarrolla entre Grecia y Estambul, en un tono mezcla de melancolía y humor. Consigue que te de la sensación de sentir cada textura, olor y sabor. Es un torbellino de melodías exóticas, colores, aromas y metáforas. Vi la película en una sala con un ambientador que despedía un intenso olor a canela, ¡con lo cual fue más realista si cabe!

domingo, 19 de junio de 2011

Sauce ciego, mujer dormida; de Haruki Murakami

"Desde muy pequeño siempre fui un niño que jamás se dejaba llevar. Era como si siempre estuviera metido en una especie de marco, vivía siempre procurando no salirme de él. Ante mí había algo parecido a una línea que me indicaba el camino. Era como una autopista bien señalizada. Para dirigirse a tal dirección, póngase en el carril de la derecha. Más adelante encontrará una curva. Está prohibido adelantar, etcétera. Si seguía las indicaciones, todo iría bien. Todo. Yo seguía la línea y todos me alababan. Todos me admiraban. [...]
Jamás tuve un solo problema que pudiera calificarse como tal. Pero, sin embargo, yo era incapaz de captar el sentido de la vida. A medida que crecía, más se fortalecía esa idea vaga. ¿Qué es lo que andaba buscando? No lo sabía. Síndrome de sobresalientes. Buenas notas en matemáticas, inglés, educación física, en todo. Mis padres me elogiaban, los profesores decían que iba muy bien, pude entrar en una buena universidad. Pero yo no sabía para qué servía en realidad, qué era lo que, de verdad, quería hacer. No tenía la menor idea de qué facultad debía escoger. ¿Tenía que ir a la Facultad de Derecho? ¿A la de Ingeniería? ¿O a la de Medicina? A mí me daba igual."


SINOPSIS 
Un volumen extraordinario de veinticuatro cuentos que ofrecen, condensadas, las mejores cualidades del escritor japonés, y son una muestra inmejorable de su dominio de la ligereza y la gravedad. Basta un detalle nimio o un golpe de azar para que algunos de los protagonistas de estas historias queden sumidos en una misteriosa melancolía, como si adivinaran en un gesto imprevisto el lado oscuro, o tal vez mágico, que esconden los comportamientos cotidianos. Algunos, como el protagonista de El séptimo hombre, intenta superar muchos años después, la pérdida de su mejor amigo, ocurrida en la infancia; otros sienten el impulso de pasear por el zoológico los días en que sopla un fuerte viento. Preparar la comida puede ser una excusa perfecta para desentenderse de los problemas de los demás, como en El año de los espaguetis, pero a veces es la realidad la que se impone, como la madre que en Hanalai Bay acude a recoger el cadáver de su hijo surfista tras morir atacado por un tiburón. Maestro en la creación de atmósferas, Murakami introduce en estos relatos no sólo elementos fantásticos y oníricos, donde mezcla con calculada ambigüedad el sueño y la vigilia, sino que echa mano de referentes como el jazz, o permite que los cuervos hablen y los chimpancés sean criminales. Pero, sobre todo, crea personajes inolvidables, enfrentados al dolor, al amor, a la sexualidad, rendidos ante la belleza, o necesitados de afecto, que, en su vulnerabilidad, aparecen como nuestros semejantes, nuestros contemporáneos.

Otra vez lo mismo que me pasó con Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. De nuevo esa maestría a la hora de relatar situaciones, de caracterizar un personaje en unas pocas palabras bien combinadas, de hacer que todo parezca tan real a la par que surreal... Y de nuevo también esos finales que aún no he podido llegar a comprender. Esa globalidad que se me escapa como un globo. 

Hay partes que se hacen entretenidas, porque te hacen pensar o te plantean situaciones interesantes que no hubieras imaginado. Otras veces se lee por leer, sin llegar a ser extremadamente aburrido, pero pudiendo provocar sueño en caso de que el lector esté predispuesto a ello (después de comer es un ejemplo; otro sería la lectura de antes de dormir). 

En definitiva, estoy un poco decepcionada con Murakami aunque, ya que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, yo tropiezo tres, y probablemente dentro de no mucho acabe leyendo otro libro de éste escritor. ¿Por qué? Creedme, ni yo misma lo sé...



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