Me da miedo enfrentarme a esta reseña. Antes, cuando oía hablar de cierto libro o película que se titulaba Un mundo feliz, me imaginaba algo completamente distinto. Con "antes" me refiero a hace mucho tiempo, a "antes" de enterarme de que se trataba de ciencia ficción, o de una distopía (y por consiguiente, de que me fijara en ella). ¿Ciencia ficción? ¿Distopía? No, es algo mucho más complicado. Si no, no me daría miedo. Leer filosofía es una cosa muy distinta a elucubrar sobre ella. Porque esta novela tan corta da para reflexiones muy largas.
Está bastante claro que para que exista la felicidad ha de existir también su contrario: la tristeza. Si alguien no está de acuerdo, que levante la mano. Sin embargo, en el mundo feliz que nos presenta esta novela parece que la felicidad es pura y lo invade todo, todo, excepto, tal vez, a los protagonistas.
Para que el mundo sea feliz las personas individualmente han de serlo. En el mundo real, el ser humano nunca es feliz del todo. En serio, lo he comprobado: si no tengo algo, lo quiero; si lo consigo, o quiero otra cosa o quiero volver a la situación anterior. Los humanos somos así, hay que asumirlo. Para arreglar esto, Aldous Huxley se ha inventado un mundo donde los humanos son fabricados, decantados en vez de paridos, y en el que las palabras "madre" o "padre" son consideradas tabúes. ¡Pero siguen siendo humanos!
Ahora hay que condicionarlos. Hay humanos más altos y corpulentos, otros más bajos, más gordos, más feos; humanos alfa, beta, gamma, delta... Y hay humanos macho y humanos hembra. Y todos tienen que ser felices con lo que son. Los alfa, destinados a los estamentos más altos de la sociedad, sólo han de querer ser alfa. Los beta, gamma o delta, progresivamente pertenecientes a estamentos inferiores, jamás habrán de envidiar a los alfa: tienen aquéllos demasiado trabajo, demasiadas preocupaciones. ¿Cómo lo conseguimos? Creamos una serie de normas y de afirmaciones y, mientras duermen, se las reproducimos una y otra vez hasta que sus mentes infantiles las aceptan como irrefutables verdades.
¡Y ya tenemos hombres y mujeres felices! Personitas que, todas juntas, pues "todo el mundo pertenece a todo el mundo", formarán el tan deseado mundo feliz. Todas juntas se reunirán a rezar al dios Ford. Todas mantendrán relaciones con todas. Todas juntas pero separadas en diferentes categorías para formar la gran estructura de la sociedad. Una sociedad perfecta, feliz. Personitas, todas tenéis un lugar en el mundo. Personitas, si estáis tristes, tomad un gramo de Soma para iros de vacaciones durante unas horas; sin resaca, sin consecuencia alguna.
Así es Un mundo feliz: sin emociones, sin arte. Y yo que pensaba que eso era triste, qué gran ironía.
Me ha gustado por la imaginación y la originalidad de la civilización que presenta, pero no me han convencido para nada los personajes. Ciertamente, ninguno de ellos me despertaba simpatía. Tal vez por eso, porque no transmitían emoción alguna. Tampoco entendía la actitud de Bernard, ni la del salvaje John. Lenina es, tal vez, el personaje más coherente de todos, aunque claro, sus ideas de "ciudadana feliz" no ayudan a empatizar con ella.
En definitiva, una buena novela si uno se la toma como un ensayo ameno y no como una "historia de personajes". Es corta, se lee rápido y da que pensar.
3,5


