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miércoles, 17 de diciembre de 2014

Una colmena en construcción; de Luis Durán


SINOPSIS
Cuando abras este libro, brotarán ciudades de caminos y plazas inverosímiles imaginadas sin ayuda de croquis, alzadas o plano alguno. Asomarán casas y fuentes de colorines, maderas y plastilina. Y descubrirás bocacalles repletas de aquellos libros, cromos, adivinanzas y acordes que una vez olvidaste. Este es un libro plagado de náufragos y de Nautilus, de orillas esquivas e imposibles de cartografiar y de esas líneas amarillas que, a veces, dibujan las abejas cuando surcan el cielo... 
 Luis Durán , uno de los autores españoles más personales y prolíficos del panorama actual, nos presenta una historia de ambiente y matices, con unos personajes entrañables, que nos habla de la infancia, los sueños y las casualidades.

¡Lo que me he encontrado! Llegué por casualidad a Una colmena en construcción. Algunos días lo había hojeado y al final había preferido llevarme otros, pero ese en concreto no localicé lo que buscaba en la biblioteca y, como se me acababa el tiempo de elegir, me dejé llevar por la portada. Y paso, ¡aviso!, a una opinión quizá más subjetiva de lo acostumbrado.
Puede que parezca un libro de lo que voy a intentar hablar. Probablemente lo sea por fuera. Pero por dentro, ya no. Lo abres y deja de ser un libro. Te das cuenta de que en realidad es... un sueño empaquetado. Cada vez que lo cierras sabes que no te hace falta dormir para soñar. Sabes que tienes un paquetito de sueño sobre la mesa, en un estante o disimulado en la librería. Y que cuando te apetezca, que puede ser porque estés nervioso o agobiado por la realidad o porque sí y punto, puedes hacerte una infusión mental y soñar despierto.
Hay algo en los dibujos que te transporta muy lejos, y no a un mundo fantástico, sino quizá a una realidad paralela en la que hasta el color de las cosas cambia. Ha sido  muy extraña la sensación que me han transmitido historia, ilustración y texto, como si todos los componentes de este libro encajaran a la perfección conmigo, como si fueran exactamente la clase de lectura (o desgustación de imágenes) que necesitara en este momento.
El psicólogo que escucha de sus pacientes relatos un poco disparatados; el arquitecto que, en el autobús de camino al trabajo, se convierte en vaquero del Salvaje Oeste gracias una novela; las gemelas con sus caretas a cuestas y sus juegos de rayuela y su imaginación infantil; la mujer que encuentra el mejor lugar para instalar sus colmenas; el anciano que construye una enorme y hermosa catedral; el hombre en busca de cerradura para su llave; el testador de juguetes traumatizado...
Los pequeños piratas de plástico que vienen con el detergente Ariel, la colección de cromos de Bimbo, el Exin Castillos, las novelas de Marcial Lafuente Estefanía y las de Corín Tellado...
Son muchas las pequeñas historias que van surgiendo, y las alusiones a un pasado que yo sólo he vivido a través de los recuerdos de otros que llegaron antes al mundo.
Como la vida misma, esta historia está llena de silenciosNo siempre estamos hablando con alguien, así que los diálogos son los estrictamente necesariosLas imágenes adquieren un protagonismo importante. A través de ellas vemos los movimientos de los personajes y los detalles del entorno y oímos los ruidos del ambiente. Eso fue algo que me dio un poco de miedo al echar el primer vistazo: la ausencia de texto me sugería algo poco consistente. Y no es así, aunque deje ciertas cosas en el aire, como si tuviera la intención de que cada uno siga el "sueño" como prefiera. Además, las ilustraciones son increíbles, no me cansaría de mirarlas una y otra vez. Me ha encantado la composición de colores, los tonos pasteles, el estilo tan personal, el candor de los personajes. Si no es un sueño, es una especie de poesía en imágenes.
Desgraciadamente, se me terminó. Como pega diré que se me hizo un poco brusco, además de simpático, el final, aunque a lo mejor sólo fue que me enfadé porque me había quedado sin reservas de "infusión mental". Pero ya sé que el lugar de donde vienen los sueños (no sé si todos, pero seguro que alguno) es la mente y la habilidad creativa de Luis Durán, y allí iré a buscar más. Si os adentráis aquí veréis que hay mucho por descubrir. De momento ya he sacado otro suyo que tenían en la biblioteca y que tampoco me llamó la atención en un primer vistazo (vaya un instinto que tengo). Y después, ahorraré o se los pediré a los Reyes. (Pero, ¿qué hago yo pensando en comprar cómics? Algo ha cambiado...)

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Las primeras páginas: (aquí).
Y este vídeo que me he encontrado:

domingo, 14 de diciembre de 2014

Pollo con ciruelas; de Marjane Satrapi


SINOPSIS
Teherán, 1958. La vida de Nasser Ali, un virtuoso de la música y padre de familia, pierde el sentido en el momento en que su mujer le rompe el tar, el instrumento que le ha acompañado durante toda su vida. 
Marjane Satrapi, la creadora de la premiada serie Persépolis, nos presenta Pollo con ciruelas, obra galardonada con el Premio al Mejor Álbum, en Angoulême 2005.

Hace poco hablaba de una vida que termina perdiendo su sentido, así que vamos a cambiar de tema. Ah, no, que todavía me queda contar lo que me ha parecido esta otra novela de Marjane Satrapi (la misma autora de Persépolis). Y va precisamente de eso, de vidas que pierden su sentido... ¿por un objeto roto? Eso es lo que ha hecho la mujer de Nasser Ali: romperle el instrumento que tocaba, su tar.

Es una historia muy cortita, un cuento con aires de fábula. Pese a todo, Marjane sigue imprimiendo a sus personajes de gran carisma y les dota de preocupaciones cotidianas para acercárselos al lector. Tampoco pierde el humor fino y un poco negro que cuela incluso en las situaciones más dramáticas

Esta vez nos hace intrusos de la vida familiar del músico Nasser Ali. Anteriormente adorado por el público, sus musas sufren un inesperado golpe que les deja fuera de combate, y a Nasser dejan de salirle las melodías del corazón. Sus ojos caen en un pozo negro y no saben encontrar ya la luz, por lo que decide acostarse en su cama y dejarse llevar por el tiempo y por los recuerdos.


Cada capítulo es un día de Nasser Ali en su dormitorio, rememorando acontecimientos de su vida. Tiene una mujer con la que se casó sin amarla de verdad y dos hijos pequeños, niño y niña. De vez en cuando lo visitan. Le traen comida, conversación, discusiones o más recuerdos que luego él continúa rumiando en soledad. El día de su muerte se va acercando, y lo sabemos desde el principio.

A través de sus recuerdos, contados en viñetas de fondo negro, somos testigos de algunos momentos de su vida, unos grandes y otros pequeños. Son en su mayoría escenas cotidianas que muestran la relación que mantenía con cada uno de los miembros de su familia.

Doy mucha importancia a los desenlaces, sobre todo si se trata de una historia corta (porque gran parte de lo que uno se lleva de ella es su final). Me preguntaba cuál sería el estilo de los de Marjane, pues en Persépolis no hay más final que el que impone su biografía, pero en este caso la historia es (creo) inventada. Y me ha dejado satisfecha. Creo que todo cuento tiene que tener su toque final que deje al lector sorprendido o pensativo. Algo que se dé la vuelta. Y eso es lo que hay al final de Pollo con ciruelas.


PS: también hay adaptación de este cómic a la gran pantalla; esta vez, a diferencia de Persépolis, a los personajes les dan vida actores de carne y hueso. Aún no la he visto, pero acabo de ver este pequeño reportaje (yo no recomendaría verlo si vais a leer el cómic, aunque las pistas que puede dar son mínimas) y me ha dejado con ganas de hacer la prueba. Tiene pinta de ser un poco lenta, pero estéticamente muy disfrutable.

jueves, 11 de diciembre de 2014

El arte de volar; de Antonio Altarriba (guión) y Kim (ilustración)


SINOPSIS 
Premio Nacional de Cómic 2010 
Dos grandes autores al servicio de una gran historia. Antonio Altarriba al guión y Kim en el dibujo componen un extraordinario fresco de lo que fue el siglo pasado en España. Partiendo de la historia de su propio padre, Altarriba saca lo mejor de su buen hacer narrativo y Kim demuestra, más y mejor que en ninguna otra de sus obras, que es uno de nuestros grandes dibujantes. El relato, extraordinariamente conmovedor, no da respiro al lector no sólo por los acontecimientos narrados -los más decisivos de nuestro siglo XX- sino por la intensidad con la que son presentados. Estamos ante una obra magistral que da cuenta de la Historia y que, sin lugar a dudas, hará Historia.

Esta es una sorpresa agradable más en el mundo de la novela gráfica. Yo no sabía de su existencia hasta que Mientrasleo me la mencionó, y entonces acudí a Google y me gustó lo que vi, y entonces acudí a Biblioteca Pública y me volvió a gustar, porque ahí lo tenían. Así que lo saqué en la siguiente visita, y lo primero que me sorprendió fue su enormidad, que por los pelos me permitió meterlo en la mochila.

Son dos los artistas españoles que dan vida (vuelven a dársela) a Antonio Altarriba: su hijo homónimo se encarga del guión, y Joaquim Aubert Puigarnau (más conocido como Kim, historietista de la revista El Jueves) de la ilustración. Se trata de todo un retrato de la vida de un hombre en la España del siglo anterior. Una vida que podría parecerse mucho a la de nuestros abuelos, pero todo depende de la edad que tengamos (en mi caso, es así). Aunque lo cierto es que vivió de todo: dicen que la vida de cualquiera podría dar lugar a una novela, pero la de Antonio Altarriba parece especialmente apta para ello. 



El suceso que motiva la escritura de El arte de volar es el vuelo (así lo llamaba él) que emprende al fin el anciano desde la ventana de la residencia geriátrica donde vivía. Su hijo se embarca entonces en la tarea de escribir el guión de su biografía, basándose en los recuerdos escritos por su padre durante la depresión de sus últimos años.

La historia comienza y termina por ese suicidio, pero lo vivimos de forma distinta al principio que al final, cuando ya sabemos el camino recorrido para llegar a él. Antonio (el hijo) y Antonio (el padre) se van fusionando durante las primeras páginas a través de un bonito baile de palabras, terminando por convertirse el narrador testigo en uno en primera persona.

Después de ese prólogo regresamos al pasado para acompañar a Antonio desde (casi) el principio de su vida. Los días de niñez de Antonio en Peñaflor, el pueblo donde vivía y trabajaba el campo, no terminaban de entusiasmarme. Me desilusioné un poco, pero pronto la historia empezó a coger fuerza y me di cuenta de que no me iba a aburrir. No hay lugar para la monotonía en una novela que habla de tantas etapas y que toca tantos temas: campo y ciudad, trabajo duro, guerra, amistad, Historia, pérdida, amor y desamor, infidelidad, negocio, honradez, soledad, felicidad y desilusión, nostalgia, regreso, juventud y vejez... 



La palabra "volar" no es sólo una forma suave de referirse al suicidio, sino que también adquiere otros significados. Por ejemplo, Antonio era un gran apasionado de la mecánica y de la conducción, a las que se dedicó en distintas etapas de su vida y que también llegaron en ocasiones a hacerle volar, en un sentido más positivo.

Y el final regresa al principio: los últimos días de Antonio en la residencia se reflejan con gran sensibilidad, cediendo protagonismo a otros ancianos que aportan un punto conmovedor y otro de crítica a la forma, a veces tan desapasionada, del trato a los mayores.



Pese a tratarse de una historia en formato cómic tiene un contenido considerable de texto. Quizá por esa razón o quizá porque, al no ser el autor de las letras el mismo que el de las ilustraciones, cada uno le pone más mimo a su creación, se nota que la narración está bastante cuidada y llena de mensajes. Asimismo, las ilustraciones cumplen a la perfección, contribuyen a imprimir realismo a la novela y, como señala en el prólogo otro Antonio (esta vez el teórico del cómic Antonio Martín Martínez), consiguen adaptarse y dar cobijo digno a esa ingente cantidad de letras.

Es difícil que decepcione El arte de volar, porque hay lugar para la acción y también para el sentir. Yo creo que lo tiene casi todo.

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Creo que con este vídeo (o simplemente, con un pequeño fragmento del mismo) os podéis hacer una idea bastante completa de lo que podéis encontrar en El arte de volar:


PS: Últimamente me encontraba mucho por Facebook la portada de una novela gráfica titulada Yo, asesino que, a parte de por ser el "gran premio de la crítica francesa 2015", no me llamaba mucho la atención. Cuando me dio por fijarme mejor, vi que uno de los autores era el mismo Antonio Altarriba (hijo).

miércoles, 3 de diciembre de 2014

El caracol de Byron; de Rafael R. Costa

"La rosa de los vientos es un círculo que representa el horizonte, y que lo divide, como a una ruleta, en incertidumbres limitadas. Tiene treinta y dos rumbos, siempre delineados con delicadeza y precisión, rojos y negros. Cada uno abarca once grados y quince minutos terrestres, y todos juntos acaparan lo que llamamos existencia. Por esta razón geográfica no son más que treinta y dos los caminos de donde puede un hombre elegir para recorrer el trayecto de su vida, porque sabido es que la vida sólo es un punto en la redondez total del destino y uno mismo la aguja imantada presa en el seno de una brújula. 
También son treinta y dos los escalones que cuenta un faro, ahora ciego, levantado a principios del siglo XIX, al que se conoce como El caracol de Byron, sito en una bahía acantilada, violenta, y esquiva con los mapas, lugar casi inaccesible, muy olvidado, que ha cambiado de nombre pero que hace veinte años aún se llamaba Byron Bay, nadie sabe por qué, de la misma forma que nadie sabe por qué el aire del primer amor verdadero vuelve a la nariz del que va a morir y le hincha el cuerpo y por qué el asesino retorna siempre al lugar del crimen, aunque sea para comprobar si ha crecido la hierba."

SINOPSIS
A la remota bahía de Byron llega don Amós, su enigmática presencia cambiará el futuro de los tres habitantes del lugar. Fascinados por el paisaje donde están de algún modo encerrados, los personajes dan continuos paseos mientras se cuentan historias y festejan la belleza de un atardecer o de un guiso de pescado. El tiempo no lo marcan los relojes sino las mareas y los paseos y las charlas, mientras se van sucediendo los dulces atardeceres y los temibles aguaceros que pautan los estados anímicos de la trama. Si El caracol de Byron se pasase al cine, tendría que llevar música de Bernard Herrmann.

Sí, me encanta la forma de combinar palabras de Rafael R. Costa, y por eso quizá, por ese inicio que encabeza esta entrada (a parte de los numerosos elogios leídos hacia su prosa), caí entre las páginas de El caracol de Byron. A lo mejor cometí el error de no haber leído bien su sinopsis, que deja bien claro lo que vamos a encontrar en él, y por eso mis expectativas demasiado altas no se han visto totalmente colmadas.

A mí me parece que tiene esta novela cierto aire a clásico: el uso del lenguaje es magistral, con pasajes que uno puede releer con gusto, pero el ritmo de lo que narra es tan pausado que corre el riesgo de resultar monótono (es la misma sensación que me está transmitiendo esa Primera Memoria que escribió Matute, asignada como "lectura de transporte público" y que he estado siguiendo a la par que El caracol de Byron).

En fin, que entre tanta opinión entusiasta (sólo hay que mirar la ingente cantidad de alabanzas "Amazónicas" cosechadas), yo me quedo en el punto medio de ni sí ni no, y me siento como se siente el que lee un clásico y no le resulta tan apasionante como "debería"; me quedo pensando: "a ver si es que va a ser que no sé yo apreciar lo bueno...". Pero claro, no es así, es que a cada uno le gusta una cosa distinta, y también es que cada uno lee en circunstancias diferentes, y quién sabe si no me hubiese resultado una lectura reveladora de haberla realizado en otro momento.

Así y todo, no me ha dejado indiferente, y tengo el pálpito de que va a ser una de esas que en el futuro recordaré con nostalgia, una de las que se disfrutan más un tiempo después de impregnarse en su tinta. Y entonces me volverá la imagen de Byron Bay con su faro y su restaurant El Comodoro, y oleré a costa y a comida casera, y sentiré el viento de arrebatacapas, y oiré la lluvia y la tormenta y las canciones de gramófono y las voces de Cesárea, Agapito, Henrique y Amós entremezcladas.

El ritmo lento, si es bien utilizado, tiene la ventaja de arropar al lector en el ambiente: los paisajes se convierten en un personaje más, pero es que además los personajes humanos también se te van acercando. En esta novela son pocos, son cuatro y siempre están en el mismo sitio, cocinando, comiendo, caminando, departiendo, mirando al mar... Durante las primeras páginas es agradable conocerlos, un grupo entrañable, cada uno con sus cosas. Conversan, y se tiene la sensación de que algo se cuece en esos intercambios, de que tarde o temprano algo saldrá que revolucione, como mínimo, los sentimientos de alguien. Pero pasaban letras y letras y ya me sentía en una rutina sin fin.

Es hacia la mitad de la novela cuando estas conversaciones empiezan a remontarse cada vez más a tiempos pretéritos, porque es el pasado de los personajes la parte de El caracol de Byron con más "acción". A través de esas miradas al pasado (habladas o pensadas), van surgiendo más personajes (Doris, el Neme...) y más paisajes (Inglaterra, las Azores, el mar de los Sargazos...) y se va creando una trama paralela de varios hilos:
"-Perdone que me meta en la conversación, don Amós -dijo Agapito-. Es que hay todavía hilos sueltos que mi cabeza de marrajo torpe no acierta a empatar..."
Por fin, el pasado regresa y levanta ampollas, y da pie a escenas intensas, donde los sentimientos se revuelven al mismo tiempo que las olas en medio de una tempestad. En momentos así es cuando se percibe aún más la fuerza de la prosa:
"[...] según fue subiendo aquellos peldaños sus oídos fueron desengañando a su espejismo y el corazón que llevaba en la mano se le cayó y rodó escaleras abajo, hacia ninguna parte…" 
"Quiso abandonar aquella habitación, salir a la puerta de El Comodoro a respirar aire distinto, porque de pronto se le había convertido en gas venenoso el que tenía en los pulmones. Pero no fue posible. La mano fornida y brutal de la subconsciencia le tiró vitrinas repletas de frascos de vidrio, prendió fuego a los pastos de su pensamiento, llevó el silbato de la locura a los labios del recuerdo y sopló cien veces en el interior de sus oídos."
El caracol de Byron huele mucho a antiguo y a sal. Tiene palabras extrañas, y algunas no se sabe (yo no sé) si existen de verdad o son inventadas. Muchas se refieren al mundo marino y naval. Otras parecen términos más costumbristas. A veces transmiten una sensación hogareña y otras se tiñen de exotismo y aventura.

El final llega también con tranquilidad y con una pequeña sorpresa. La última palabra parece que te mira y te desafía a imaginarte lo que pasa después, cómo siguen moviéndose los personajes por los paisajes, cómo sigue el faro mirando el océano y el oleaje sonando. Algo de Byron Bay se queda flotando en el ambiente después de esa palabra, llenando todo el espacio en blanco que hay debajo.

3,5

viernes, 28 de noviembre de 2014

Nos vemos allá arriba; de Pierre Lemaitre

"[...] la idea que se le ha metido en la cabeza a Édouard de que quizá el soldado no esté muerto del todo es una mala idea que aún va a hacerle más daño, pero, en fin, así son las cosas; ahora que tiene esa duda, esa sospecha, necesita comprobarlo a toda costa, por penoso que nos resulte a nosotros verlo. Dan ganas de gritarle déjalo, has hecho cuanto has podido, dan ganas de cogerle las manos con mucha suavidad y apretárselas entre las nuestras para que pare de moverse de ese modo, de exaltarse, dan ganas de decirle las cosas que se les dice a los niños que sufren ataques de nervios, de abrazarlo hasta que se le agoten las lágrimas. En una palabra, de consolarlo. Pero alrededor de Édouard no hay nadie, ni  usted ni yo estamos allí para mostrarle el buen camino [...]"

SINOPSIS
Galardonada con el Premio Goncourt, ensalzada por los críticos y convertida en un auténtico fenómeno editorial en Francia —donde ya ha superado el medio millón de ejemplares vendidos—, esta novela es un emocionante canto a la capacidad de superación del ser humano y, a la vez, un fresco y atrevido retrato de una sociedad descompuesta por uno de los más crueles inventos del hombre: la guerra. 
 En noviembre de 1918, tan sólo unos días antes del armisticio, el teniente d’Aulnay-Pradelle ordena una absurda ofensiva que culminará con los soldados Albert Maillard y Édouard Péricourt gravemente heridos, en un confuso y dramático incidente que ligará sus destinos inexorablemente. Édouard, de familia adinerada y con un talento excepcional para el dibujo, ha sufrido una horrible mutilación y se niega a reencontrarse con su padre y su hermana. Albert, de origen humilde y carácter pusilánime, concilia el sueño abrazado a una cabeza de caballo de cartón y está dispuesto a lo indecible con tal de compensar a Édouard, a quien debe la vida. Y Pradelle, aristócrata venido a menos, cínico y mujeriego, está obsesionado con recuperar su estatus social. De regreso en París, los tres excombatientes se rebelarán contra una realidad que los condena a la miseria y al olvido. Así, Édouard pergeña una ingeniosísima estafa con el fin de vengarse de su progenitor, que siempre lo repudió por su sensibilidad y sus habilidades artísticas. De paso quiere ayudar al fiel Albert, cuyo prurito es huir a las antípodas para olvidar a Cécile, su amor perdido. Aunque tal vez el más ambicioso sea Pradelle, que sacudirá la conciencia de Francia entera mediante una monumental operación delictiva concebida para amasar una rápida fortuna. Los escollos son considerables, pero la voluntad de los tres parece infinita. En una brillante fusión de literatura popular y alta literatura, Pierre Lemaitre ha creado una trepidante historia que progresa al ritmo de una trama detectivesca. Integrando con maestría elementos de géneros tan diversos como el relato de aventuras, el drama psicológico, la crónica social y política y el alegato antibélico, la narración es un derroche de humor, rabia y compasión que sin duda cautivará a todo tipo de lectores.

Me daba pereza tener un libro más que leer, aunque en el fondo supiera que me podía gustar. Por eso dije "Dejémoslo en manos del sino" en la reseña de Tizire. Y ella repuso "Que el destino decida", y el destino decidió: no mucho tiempo después, eligiendo lectura en el bibliobús, se me cruzó. Lo miré con recelo, lo cogí, lo volví a dejar, busqué un poco más, cogí otro, me lo quedé, volví a Nos vemos allá arriba, y también me lo llevé por si acaso, acordándome de esa reseña leída días atrás. El otro terminé por no leerlo, pero este... ahora voy contando. Aviso que va a ser difícil, porque hay multitud de detalles en la trama que hacen muy jugosa la lectura y que, aunque alguno puede deducirse de la sinopsis, yo recomendaría ir descubriendo por el camino.

Menudo inicio, no me esperaba algo tan intenso. Yo no soy muy sensible para estas cosas, pero creo que las escenas que se relatan en las primeras páginas, para alguien con una imaginación muy viva y una empatía muy desarrollada, son bastante crudas. Me dejaron pegada al libro y entusiasmada como hacía tiempo que no lo estaba con una lectura. En ello influyó también el estilo de Lemaitre, bastante particular. Me encanta encontrarme con formas de narrar que se distinguen de lo habitual, y en la prosa de este autor sí que se nota un punto distinto, una cercanía con sus personajes, un desparpajo, un humor, una elegancia...

Me fui inflando e inflando de satisfacción, y después me tuve que desinflar un poco, porque tanto la narración como la historia narrada fueron perdiendo fuelle. A mí me interesaban mucho las andanzas de los soldados Albert y Édouard, los primeros personajes que se perfilan en esta historia. En poco tiempo se empatiza con ellos y se quiere saber más, pero Lemaitre nos los quita y empieza a hablarnos de otros que no nos caen tan bien, como el teniente d'Aulnay-Pradelle y varios más que vamos conociendo conforme avanza la trama. Así por sorpresa se convierte en una novela coral, que de capítulo en capítulo va saltando de un personaje a otro y narrando desde diferentes puntos de vista, aunque sin perder el narrador su omnisciencia.

Todo empieza con el final de una guerra, pero el grueso de lo contado se centra en lo que pasa después. Está ambientada en París y, si bien hay parte de realidad en algunos hechos (según aclara el autor en una nota al final), lo que nos ofrece Lemaitre es una historia de enredos, en ocasiones algo rocambolesca. No enredos amorosos, que también los hay, y a mi parecer muy acertadamente manejados, sino enredos de la vida, la de los que siguen adelante y la de los que se quedaron atrás, muchos enterrados no se sabe bien cómo ni dónde. Así que, después del golpe de efecto en las primeras páginas y de colocar los hilos en las siguientes, parece que poco a poco regresa lo bueno, que es cuando empiezan a liarse la madeja.    
"Sabía que la guerra no era otra cosa que una inmensa lotería de balas en la que sobrevivir cuatro años era sencillamente un milagro."
Algunos de los que siguen adelante lo hacen a duras penas. Albert y Édouard, después de arriesgar la vida en la guerra (y de qué manera) quedan en una situación muy precaria y tienen que acudir al ingenio para sobrevivir, y hacerlo sobreponiéndose a las secuelas que en ellos ha dejado la contienda. Albert, el más afectado psicológicamente, es un joven de paciencia infinita que tiene que luchar contra su propia bondad para realizar actos poco éticos que les permitan seguir con vida a él y a su compañero Édouard. Este, con menos escrúpulos, proviene de estratos más altos de la sociedad, pero debido al suceso trágico con el que se inicia la novela deja atrás a su familia y se abandona a los cuidados de Albert.
Por otro lado está la familia de Édouard, su padre y su hermana Madeleine, y el teniente d'Aulnay Pradelle. Todos ellos también se traen  planes entre manos, cada uno tiene ambiciones y preocupaciones que les mueven en una u otra dirección, interconectando también sus vidas. Otros personajes más secundarios, se me ocurre uno en particular, tampoco tienen nada que envidiar a los principales, y unos y otros protagonizan escenas que me han dejado, literalmente, con la boca abierta y, menos literalmente, aplaudiendo de admiración.

Y los que se quedaron atrás: esos, lamentablemente, son manejados por los vivos incluso después de muertos. No me había parado a pensar qué pasa después de una guerra con los que perecen en ella. Las familias reciben noticia de que no van a volver a ver a sus hijos y a sus padres, y un sentimiento lógico es la necesidad de tener un lugar donde ir a dejarles flores o a hablar con su "fantasma". Nos vemos allá arriba aborda también ese proceso en el que los caídos son exhumados, identificados con mayor o menor acierto, e inhumados en un lugar apropiado a ello. O las gestiones que se llevan a cabo para levantar monumentos en su memoria. Son cosas que pueden convertirse en un negocio muy lucrativo cuando acaba de terminar una guerra...

Las letras de Pierre Lemaitre desprenden personalidad, se intuye que el autor se esfuerza por ofrecer un enfoque diferente; sus personajes, quizá ligeramente caricaturizados, están vivos, podemos leer el proceso por el cual sus sentimientos les llevan a pensar y sus pensamientos a actuar, entendemos sus maldades y admiramos sus bondades. Pese a esas páginas centrales más flojas ha merecido la pena, y al final ha sabido dar con ese toque agridulce con el que a mí tanto me gusta terminar una lectura.

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