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domingo, 11 de enero de 2015

De boca a oreja (Reto Serendipia Recomienda 2015)

Pues últimamente tenía yo ganas de dejarme llevar por recomendaciones (parece como si no tuviera suficiente "trabajo" por delante esperándome en las estanterías). Y entonces me encontré con esto. En la vida me ha dado por apuntarme a esos retos que tanto se ven por la blogosfera, porque me parece que coartan la libertad de leer lo que  uno quiera cuando quiera. Pero esto, aunque se llame reto, no es lo mismo. Sí, esa es la excusa que me he puesto. 


Me parece que no hay cosa más bonita para un libro que ir pasando de boca a oreja (de dedo a ojo, en este caso), de un lector a otro. Leer un libro recomendado tiene un sabor especial. También que lean un libro que tú has recomendado, sobre todo si gusta. Por eso no he podido resistirme a participar por primera vez en esta iniciativa que Serendipia organiza por segunda.

Lo que más me ha costado ha sido escoger recomendaciones. Al principio pensaba que me iba a resultar difícil, pues una de las premisas era que fuesen libros no muy conocidos, y la otra (esa me la he puesto yo) que fuesen lecturas muy significativas para mí como lectora. Luego, aunque no he encontrado demasiadas que reúnan las dos características, han sido más de tres las que han ido apareciendo en la lista a medida que revisaba las lecturas de años atrás. 

Finalmente me he decidido por estas. ¡Y me haría mucha ilusión que cada una de ellas llegara al menos a un lector!




He leído pocas novelas de humor, y una de ellas es Alehop (José Antonio Fortuny). Pero no solo tiene humor, lo tiene todo. Para no enrollarme (estaba a puntito), os dejo la reseña






Intersecciones (Pablo de Aguilar González). Pues qué decir sino que me gustaría que muchos lectores se intersecaran (es así, lo he buscado en el diccionario) con esta novela tan injustamente poco conocida y tan particular que cambió un poco mi forma de ver la literatura. Ya van para dos años que la leí y parece que fue ayer... Ahí lo dejo.






La última recomendación es algo distinta, pero no la subestiméis, porque yo lo hice y me dio con las tapas en las narices. Se trata del cómic Una colmena en construcción (Luis Durán). Puede que el hecho de ser cómic eche a alguien para atrás, pero os animo a acercaros a las sensaciones que me provocó y decidir si es o no para vosotros.

domingo, 28 de diciembre de 2014

Redacciones extraordinarias; de F. Escribano Lapicero

"En el colegio nos ponen castigos si hacemos las cosas mal. Que te pongan castigos es un aburrimiento porque no te dejan hacer cosas divertidas. Hay dos clases de castigos: los de casa y los del colegio. Los castigos más comunes de casa son: que te castiguen sin jugar a la videoconsola, sin ver la tele, encerrado en la habitación, etc.
Los castigos más comunes del colegio son: que te castiguen sin ir al recreo, sin ir a gimnasia, copiando, ponerte de pie en la pared, hacer el doble de deberes, etc."

SINOPSIS
La hora del recreo, las vacaciones de verano y las de Navidad, las excursiones a fábricas y museos, las visitas a ciudades, el mejor amigo, los hermanos, papá y mamá...
F. Escribano recoge las vivencias de su infancia en este "cuaderno" de redacciones que hará las delicias de todo aquel que desee evocar los recuerdos de su niñez. 

Alguna vez se me ha ocurrido la idea de mostrar por aquí mis redacciones del colegio (la última fue precisamente el año pasado, cuando utilicé una para felicitar las navidades). ¡Pero nunca se me hubiera pasado por la cabeza publicarlas en Amazon! Eso ha hecho F. Escribano, un escritor madrileño que ya está levantando ampollas en los círculos de escritores independientes.

Suelen gustarme las historias escritas desde un punto de vista infantil. Los niños son capaces de imprimir una visión muy especial a la realidad, y tan pronto la llenan de magia como la desnudan de artificios y la muestran tal como es (recordad que los niños y los borrachos siempre dicen la verdad). Por eso, cuando el autor contactó conmigo para presentarme su curioso proyecto, me invadió la curiosidad. Primero, sólo la curiosidad (porque para ser sincera no me esperaba mucho de un libro escrito por alguien de menos de diez años); pero después, cuando leí las primeras páginas, me sorprendí por todo lo que podía sacarse de la mente de un niño.

Las redacciones conservan los títulos originales, incluso los enunciados del ejercicio que motivó su escritura: Describe el paisaje que se ve desde tu ventana; Los castigos; No sabía cómo, pero de repente aparecí en...; Las vacaciones de verano; Excursión a Segovia; A qué juegas en el recreo... y así hasta más de cincuenta textos que sirven como testimonio de vida de los escolares nacidos en torno a los ochenta. No hay duda de que los profesores deberían pasarlo en bomba conociendo nuestras aventuras. ¡Seguro que por eso no hacían más que mandarnos redacciones como deberes!

La edición es preciosa, imitando, tanto por fuera como por dentro, un cuaderno escolar (al menos la que yo tengo, que es en papel). En algunas redacciones se incluyen ilustraciones realizadas por el propio autor cuando era niño, que convierten este libro en un perfecto regalo para los más nostálgicos. Con un título que recuerda a las Narraciones extraordinarias de Poe, el autor nos invita al mundo extraordinario de la imaginación.
La imaginación sólo se encuentra en estado puro en la mente de un niño, y por eso hay que recurrir a su fuente primigenia para hallarla. Es lo que yo he hecho. No he cambiado nada. Son tal como los escribí cuando era crío, con sus faltas de ortografía y todo. Y no son peores que otras que se ven por ahí.
F. Escribano se defiende con estas palabras en su página web, donde además incluye "la muestra de que su libro no es basura", como aseguran algunos de sus compañeros escritores, indignados porque "ahora todo vale". Dicha muestra consiste en una lista de erratas de novelas que ha ido recolectando en su dilatada trayectoria como lector, y que amplía casi a diario. Y a la pregunta de si tiene pensado "escribir más en serio, ser un escritor de verdad", replica:
No he escrito nada más en serio que estos relatos que me salieron del corazón. Y no me hace falta escribir más para ser escritor de verdad. A Harper Lee le bastó con una única novela, ¿no?
Parece que la polémica está servida. El mundo de la literatura evoluciona, y lo hace a base de propuestas tan rompedoras como esta. Y vosotros, ¿qué opináis? Yo ya estoy pensando en sugerirle a mi madre que publique las listas de la compra. Para innovar...

ACTUALIZACIÓN: esta entrada fue publicada el 28 de diciembre de 2014 (Día de los Santos Inocentes).

3,5
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*Pinchar aquí para acceder a Redacciones extraordinarias en Amazon.
**Pinchar aquí para acceder al blog del autor.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Primera memoria; de Ana María Matute

"A veces me despertaba de noche , y me sentaba bruscamente en la cama. Sentía entonces una sensación olvidada de cuando era muy pequeña y me angustiaba el atardecer,  pensaba: «El día y la noche, el día y la noche siempre. ¿No habrá nunca nada más?» Acaso me volvía el mismo confuso deseo de que alguna vez, al despertarme, no hallara solamente día y noche, sino algo nuevo, deslumbrante y doloroso. Algo como un agujero por donde escapar de la vida."

SINOPSIS
Con la guerra civil, «lejana y próxima a un tiempo, quizás más temida por invisible», como telón de fondo, Primera memoria, Premio Nadal 1959, narra el paso de la niñez a la adolescencia de Matia —la protagonista— y de su primo Borja. Los dos viven en casa de su abuela en un mundo insular ingenuo y misterioso a la vez. A través de la visión particularísima de la muchacha —sin madre y con padre desaparecido— asistimos a su despertar a la adolescencia, cuando, roto el caparazón de la niñez, ciega y asombra y hasta a veces duele el fuerte resplandor de la realidad. Una intensa galería de personajes constituye el contrapunto de su vertiginosa sucesión de sensaciones. Y es que en unos meses, Matia descubrirá muchas cosas sobre «la oscura vida de las personas mayores». Melancólica elegía de la perversión de la inocencia, Primera memoria es, sin lugar a dudas, una de las mejores novelas de Ana María Matute.

Casi se acaba el año y aún no le he dedicado una entrada a Ana María Matute. Sirva esta como colaboración para la lectura-homenaje organizada por varios blogs (cuyo banner habita desde hace mucho la barra lateral de este). Llego por los pelos después de haber leído su Primera Memoria, también primera parte de una trilogía ambientada en la guerra civil cuyos tomos son autoconclusivos. Mi relación lectora con Matute se está volviendo confusa y contradictoria. Después de lo que disfruté con Olvidado Rey Gudú, sus novelas Pequeño teatro y esta Primera memoria se me han hecho bastante cuesta arriba. Me duele que sea así, porque leyendo me doy cuenta del gran talento que tuvo y disfruto de la parte formal de su prosa, pero sigo sin lograr acercarme a los personajes e involucrarme en sus historias. Me pregunto si no será que tengo que volver a su vertiente más fantástica. 

Después de hacerme con esta novela y antes de poder leerla fue cuando falleció la autora. Como suele ocurrir, aumentó en los medios su presencia, y la de su obra en los sitios más visibles de las librerías. También aumentó mi curiosidad hacia su persona, a lo mejor porque se me acabó la ilusión de llegar a conocerla (siempre la buscaba, sin muchas esperanzas, en la lista de escritores que firmarían en la Feria del Libro). Escuché varios podcast y programas de radio y me deleité más de una vez con su voz, una voz a la vez suave y áspera que hilaba frases tan hermosas como, por ejemplo, las de su discurso del Premio Cervantes.

En Primera memoria es Matia, con catorce años, quien relata la historia. Y en su forma de hacerlo, de contarnos sus miedos y sus sentimientos hacia el mundo que le rodea, me da la sensación de que hay mucha Matute. Matute y Matia: incluso (me doy cuenta ahora que las escribo) empiezan igual. 
Sólo tenía un amigo, mi muñeco Gorogó, que, naturalmente, más tarde incorporé a una de las novelas con las que me siento más identificada, Primera memoria. Aunque no haya escrito nunca una novela autobiográfica, estoy en sus páginas. Todo eran inventos, hasta que supe que en la Literatura —en grande—, como en la vida, se entra con dolor y lágrimas. Gorogó lo sabía, lo sabe y no me ha abandonado desde el día en que mi padre, teniendo yo cinco años, me lo trajo de Londres, donde lo llaman algo así como Golligow. Mi padre sabía que a mí no me gustaban las muñecas, ni los juegos de las niñas de aquel tiempo: mujeres recortadas, las llamé yo. Imitar a mamá y a las amigas de mamá era todo su futuro. Gorogó, como entonces, sigue conmigo ahora, lo llevo a todos mis viajes, y le sigo contando lo que no puedo contar a nadie. (Hoy también me espera en el hotel.) Y sigo haciéndole partícipe, por ejemplo, del miedo que siento por tener que pronunciar estas palabras, y, sobre todo, ante quienes debo hacerlo. Gorogó, estás aquí —mi mejor invento—, estás a mi lado, viejo amigo, en este día inolvidable, con tu ojo derecho ya nublado, como el mío, aunque ya no luzcas aquellos cabellos negros, hirsutos, de limpiachimeneas dickensiano, aunque falten los botones de tu frac azul... ¡Cómo nos parecemos, Gorogó!
Ana María Matute. Discurso de recepción del Premio Cervantes.
Con estas palabras, a parte de enseñarme a apreciar el cariño que puede dar un osito de peluche (que es mi Gorogó), Matute se me metió un poco más adentro y despertó aún más mi curiosidad por esta novela, donde conocería a su querido compañero. ¿Quién no tiene o ha tenido su Gorogó?
Había llevado a Gorogó conmigo, lo tenía escondido entre el pecho y la combinación, y en aquel momento la tía Emilia dijo: 
-¿Qué estás escondiendo ahí? 
-¡Nada! 
Se acercó y consiguió quitármelo, a pesar de que me eché de bruces sobre la cama, para protegerlo. Le dio vueltas entre las manos. Seguía boca abajo, para que no viera qué encarnada me ponía (hasta sentía cómo me ardían las orejas). En lugar de burlarse dijo: 
-¡Ah, es un muñeco!... Sí, yo también dormía con un muñeco, hasta casi la víspera de casarme.
Vuelvo a Matia. Matia y su soledad. Alejada físicamente de la guerra, sin padre ni madre, viviendo en una isla innominada (Mallorca, al parecer), en la compañía de su primo y de las mujeres de la familia (la abuela, la tía, la criada), porque los hombres se fueron a luchar por uno u otro bando. Matia Niña en un mundo de Mayores, sin querer ser uno de ellos, empeñada en recordar a Peter Pan y en quedarse en la Isla de Nunca JamásSerá ella, sin embargo, la primera en comenzar a alejarse de la infancia, atraída sin remedio hacia ese otro mundo que no entiende y que teme, el de los adultos. Y será su primo Borja, con quien compartía juegos, travesuras y crueldades de niños, el que se frustre con esa transición.

En el entorno natural del "declive", con sus campos y sus playas, es donde se desarrolla esta novela en la que la narración íntima roba prácticamente el protagonismo a la acción. Ejerce el papel de titiritera la abuela doña Práxedes, que gracias al poder que le confiere su elevada posición social maneja a su antojo la vida de los habitantes de sus tierras. Ya en las primeras líneas Matute describe a este personaje, destruyendo de paso la imagen entrañable que una abuela suele sugerir (aunque he de decir que no me di cuenta hasta más adelante):
Mi abuela tenía el pelo blanco, en una ola encrespada sobre la frente, que le daba cierto aire colérico. Llevaba casi siempre un bastoncillo de bambú con puño de oro, que no le hacía ninguna falta, porque era firme como un caballo.
Incluso siendo verano, Matia y Borja se ven obligados a luchar de continuo contra la autoridad de su abuela, quien les ha puesto a Lauro el Chino, el hijo de la criada, como profesor de latín. Lauro, también un poco niño todavía, está demasiado manchado de persona mayor como para no tener que sufrir los desdenes y crueldades de los dos primos. Quizá es por intentar ser uno de ellos que les permite escapar de vez en cuando a la barca Leontina o a otros lugares alejados de su estricta abuela.

Doña Práxedes es un personaje frío, tanto como me lo ha parecido Borja o los chiquillos crueles que juegan a la guerra divididos en dos bandos, como sus padres deben estar haciendo al otro lado del mar. Y se apedrean con piedras, y se apedrean con palabras, y queman muñecos de paja. Esa frialdad (que a veces se apoderaba incluso de Matia) es uno de los factores que más me ha estorbado en la lectura, impidiéndome sentir empatía. De ella se salvan algunos, como la tía de Matia, personaje poco explotado y del que me hubiera gustado saber más; o Manuel, otro niño "distinto", de esos a los que la vida empuja demasiado rápido hacia la adultez.

He viajado a trompicones por las páginas de esta novela, saltando rápido por las zonas donde el terreno me parecía demasiado pedregoso y paseando una y otra vez por los senderos más agradables. Me gusta Matute cuando habla de dejar de ser niño. Me gusta cuando desgrana sentimientos profundos. Lo que no me ha agradado nunca demasiado es el tema de la guerra, sobre todo si se trata de un modo tan distante, si se habla de líneas insalvables entre bandos y no se profundiza en los porqués. Pero claro, a lo mejor es que un niño no entiende de eso, y sólo ve buenos y malos. O eres de los suyos o no lo eres.
Un día me dijo mi primo: 
-Tú ya no eres de los nuestros.
Me encogí de hombros. Él añadió:
-Ya tienes tus amigos, ¿verdad? 
Pese a este enredo de amor-odio en el que me he vuelto a ver envuelta, sé que no podré librarme de la atracción que ejercen sobre mí las palabras de Ana María Matute. Regresaré a ellas.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Una colmena en construcción; de Luis Durán


SINOPSIS
Cuando abras este libro, brotarán ciudades de caminos y plazas inverosímiles imaginadas sin ayuda de croquis, alzadas o plano alguno. Asomarán casas y fuentes de colorines, maderas y plastilina. Y descubrirás bocacalles repletas de aquellos libros, cromos, adivinanzas y acordes que una vez olvidaste. Este es un libro plagado de náufragos y de Nautilus, de orillas esquivas e imposibles de cartografiar y de esas líneas amarillas que, a veces, dibujan las abejas cuando surcan el cielo... 
 Luis Durán , uno de los autores españoles más personales y prolíficos del panorama actual, nos presenta una historia de ambiente y matices, con unos personajes entrañables, que nos habla de la infancia, los sueños y las casualidades.

¡Lo que me he encontrado! Llegué por casualidad a Una colmena en construcción. Algunos días lo había hojeado y al final había preferido llevarme otros, pero ese en concreto no localicé lo que buscaba en la biblioteca y, como se me acababa el tiempo de elegir, me dejé llevar por la portada. Y paso, ¡aviso!, a una opinión quizá más subjetiva de lo acostumbrado.
Puede que parezca un libro de lo que voy a intentar hablar. Probablemente lo sea por fuera. Pero por dentro, ya no. Lo abres y deja de ser un libro. Te das cuenta de que en realidad es... un sueño empaquetado. Cada vez que lo cierras sabes que no te hace falta dormir para soñar. Sabes que tienes un paquetito de sueño sobre la mesa, en un estante o disimulado en la librería. Y que cuando te apetezca, que puede ser porque estés nervioso o agobiado por la realidad o porque sí y punto, puedes hacerte una infusión mental y soñar despierto.
Hay algo en los dibujos que te transporta muy lejos, y no a un mundo fantástico, sino quizá a una realidad paralela en la que hasta el color de las cosas cambia. Ha sido  muy extraña la sensación que me han transmitido historia, ilustración y texto, como si todos los componentes de este libro encajaran a la perfección conmigo, como si fueran exactamente la clase de lectura (o desgustación de imágenes) que necesitara en este momento.
El psicólogo que escucha de sus pacientes relatos un poco disparatados; el arquitecto que, en el autobús de camino al trabajo, se convierte en vaquero del Salvaje Oeste gracias una novela; las gemelas con sus caretas a cuestas y sus juegos de rayuela y su imaginación infantil; la mujer que encuentra el mejor lugar para instalar sus colmenas; el anciano que construye una enorme y hermosa catedral; el hombre en busca de cerradura para su llave; el testador de juguetes traumatizado...
Los pequeños piratas de plástico que vienen con el detergente Ariel, la colección de cromos de Bimbo, el Exin Castillos, las novelas de Marcial Lafuente Estefanía y las de Corín Tellado...
Son muchas las pequeñas historias que van surgiendo, y las alusiones a un pasado que yo sólo he vivido a través de los recuerdos de otros que llegaron antes al mundo.
Como la vida misma, esta historia está llena de silenciosNo siempre estamos hablando con alguien, así que los diálogos son los estrictamente necesariosLas imágenes adquieren un protagonismo importante. A través de ellas vemos los movimientos de los personajes y los detalles del entorno y oímos los ruidos del ambiente. Eso fue algo que me dio un poco de miedo al echar el primer vistazo: la ausencia de texto me sugería algo poco consistente. Y no es así, aunque deje ciertas cosas en el aire, como si tuviera la intención de que cada uno siga el "sueño" como prefiera. Además, las ilustraciones son increíbles, no me cansaría de mirarlas una y otra vez. Me ha encantado la composición de colores, los tonos pasteles, el estilo tan personal, el candor de los personajes. Si no es un sueño, es una especie de poesía en imágenes.
Desgraciadamente, se me terminó. Como pega diré que se me hizo un poco brusco, además de simpático, el final, aunque a lo mejor sólo fue que me enfadé porque me había quedado sin reservas de "infusión mental". Pero ya sé que el lugar de donde vienen los sueños (no sé si todos, pero seguro que alguno) es la mente y la habilidad creativa de Luis Durán, y allí iré a buscar más. Si os adentráis aquí veréis que hay mucho por descubrir. De momento ya he sacado otro suyo que tenían en la biblioteca y que tampoco me llamó la atención en un primer vistazo (vaya un instinto que tengo). Y después, ahorraré o se los pediré a los Reyes. (Pero, ¿qué hago yo pensando en comprar cómics? Algo ha cambiado...)

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Las primeras páginas: (aquí).
Y este vídeo que me he encontrado:

domingo, 14 de diciembre de 2014

Pollo con ciruelas; de Marjane Satrapi


SINOPSIS
Teherán, 1958. La vida de Nasser Ali, un virtuoso de la música y padre de familia, pierde el sentido en el momento en que su mujer le rompe el tar, el instrumento que le ha acompañado durante toda su vida. 
Marjane Satrapi, la creadora de la premiada serie Persépolis, nos presenta Pollo con ciruelas, obra galardonada con el Premio al Mejor Álbum, en Angoulême 2005.

Hace poco hablaba de una vida que termina perdiendo su sentido, así que vamos a cambiar de tema. Ah, no, que todavía me queda contar lo que me ha parecido esta otra novela de Marjane Satrapi (la misma autora de Persépolis). Y va precisamente de eso, de vidas que pierden su sentido... ¿por un objeto roto? Eso es lo que ha hecho la mujer de Nasser Ali: romperle el instrumento que tocaba, su tar.

Es una historia muy cortita, un cuento con aires de fábula. Pese a todo, Marjane sigue imprimiendo a sus personajes de gran carisma y les dota de preocupaciones cotidianas para acercárselos al lector. Tampoco pierde el humor fino y un poco negro que cuela incluso en las situaciones más dramáticas

Esta vez nos hace intrusos de la vida familiar del músico Nasser Ali. Anteriormente adorado por el público, sus musas sufren un inesperado golpe que les deja fuera de combate, y a Nasser dejan de salirle las melodías del corazón. Sus ojos caen en un pozo negro y no saben encontrar ya la luz, por lo que decide acostarse en su cama y dejarse llevar por el tiempo y por los recuerdos.


Cada capítulo es un día de Nasser Ali en su dormitorio, rememorando acontecimientos de su vida. Tiene una mujer con la que se casó sin amarla de verdad y dos hijos pequeños, niño y niña. De vez en cuando lo visitan. Le traen comida, conversación, discusiones o más recuerdos que luego él continúa rumiando en soledad. El día de su muerte se va acercando, y lo sabemos desde el principio.

A través de sus recuerdos, contados en viñetas de fondo negro, somos testigos de algunos momentos de su vida, unos grandes y otros pequeños. Son en su mayoría escenas cotidianas que muestran la relación que mantenía con cada uno de los miembros de su familia.

Doy mucha importancia a los desenlaces, sobre todo si se trata de una historia corta (porque gran parte de lo que uno se lleva de ella es su final). Me preguntaba cuál sería el estilo de los de Marjane, pues en Persépolis no hay más final que el que impone su biografía, pero en este caso la historia es (creo) inventada. Y me ha dejado satisfecha. Creo que todo cuento tiene que tener su toque final que deje al lector sorprendido o pensativo. Algo que se dé la vuelta. Y eso es lo que hay al final de Pollo con ciruelas.


PS: también hay adaptación de este cómic a la gran pantalla; esta vez, a diferencia de Persépolis, a los personajes les dan vida actores de carne y hueso. Aún no la he visto, pero acabo de ver este pequeño reportaje (yo no recomendaría verlo si vais a leer el cómic, aunque las pistas que puede dar son mínimas) y me ha dejado con ganas de hacer la prueba. Tiene pinta de ser un poco lenta, pero estéticamente muy disfrutable.

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