domingo, 10 de agosto de 2008

Instante


Añorando todo lo antiguo. Hacía cosas antes. Cuando era pequeña, cuando era más pequeña que ahora, aunque tal vez esa edad no pueda considerarse pequeña... ¿Ah, es que hay edades pequeñas? ¿Es que las edades son algo? ¿Números? ¿Años? ¿Acaso se ven las edades? ¿Eh, eh?

Pero hacía cosas antes. Cuando era pasado, cuando el tiempo aún no había avanzado hasta alcanzar el fugaz instante en que me encuentro, el cual, por cierto, acaba de irse para siempre. Voy a intentar correr, a ver si lo alcanzo. No, espera, va demasiado deprisa. No me apetece correr tras él. Me canso. Me agoto. Jadeo. Me caigo. Me arrastro por el camino del tiempo. Me ahogo con los granos de arena. Oh, no es arena, son segundos. Los segundos corren detrás del instante fugaz, aún más rápido que los pollitos detrás de la gallina. Porque, ¿sabes? Hay una gallina a mi lado, aleteando también en pos de su instante fugaz, y va tras ella una hilera muy larga de pollitos amarillos.

¿Mas, por qué me haces entretenere en detalles sin imortancia? Intentaba hablar de mi pasado, y has hecho que me hunda en el intricado laberinto de elucubraciones metafísicas y existenciales de mi mente herida.

Por cierto, ni la gallina ni yo hemos alcanzado nuestro instante fugaz. ¡Ah, tampoco los polluelos! Nadie alcanza su instante fugaz. Huyen rápido, los instantes malditos.

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