Hazle caso: él sabe
lo que te conviene, sabe mucho de eso que llaman vida, pues la tiene dentro de
él y te la regala a cada segundo. La envía a tus dedos y, sin que tú lo notes,
te recorre brazos y piernas; la lanza también hacia arriba, pétalos de rosa al
cielo, sangre al cerebro.
Si desde ahí no lo
ves, tan cerca como estás, aléjate. Un poco más. Si lo consigues, observa bien.
Deberías divisar, entero y pequeño, tu propio trozo de tiempo. Quizá esté rodeado
de los trozos de tiempo de más gente. A lo mejor algunos trozos se ven cruzados.
Todos forman un camino más o menos largo e intrincado. Date cuenta, sobre todo,
de lo pequeños que son y de lo bonito que sería llenarlos de sensaciones (unas
hermosas, otras tristes). ¿No resultaría aburrido dejarlos vacíos?
Eso de lo que te
arrepientes, ahora o quizá más tarde, lo has hecho guiado por él, por ese que
bate y bate dentro de ti. Y sabes que él lo único que hace todo el rato es no
parar de vivir. Su único movimiento, latir y latir, es para eso y para nada
más. Así que los impulsos
que él te da, ya sea a susurros o a gritos, y que tú sigues después, no pueden
ser destinados a otro propósito sino a ese. Y, si se sucumbe a un empujón con tan noble fin, luego no cabe la posibilidad de
avergonzarse. Ni aunque uno termine sufriendo
por su causa.
