viernes, 25 de septiembre de 2015

Angelina y el Nuevo Mundo; de Carmen Martínez Gimeno

"- Me llamo Paloma.
- Está lindo tu nombre.
- ¿Hablas así porque eres de Guatemala?
- Eso creo.
- Guatemala está en América.
- Así es.
- Cristóbal Colón descubrió América.
- No, mi niña, no la descubrió.
- Sí. Yo lo he estudiado. Fue en 1492.
- No te vayas a enojar, mi niña, pero no fue así. Yo apenitas alcancé a ir a la escuela, pero sí estaba el día en que la maestra explicó bien clarito el viaje del señor Colón. Navegaba con sus tres carabelas buscando un paso para las Indias y se perdió en la mar; ya se moría de hambre con sus hombres cuando desembarcó en las tierras donde habitaban desde antiguo mis antepasados, cultivando sus milpas, cuidando sus animalitos, disfrutando de la vida, pues. Colón se asombró al verlos y no supo dónde estaba, por eso los llamó indios; mis antepasados se asombraron al ver al señor Colón con sus extraños ropajes y tampoco supieron de dónde venía, por eso lo imaginaron un dios. No, Cristóbal Colón no descubrió América, no se puede descubrir un lugar que ya está habitado. Es como si yo ahorita que llegué de Guatemala dijera: ¡Miren, descubrí España!"

SINOPSIS
«Angelina llegó a España con los ojos muy abiertos y un ligero temblor de rodillas que fue aumentando a medida que se acercaba al puesto de aduanas»: así comienza esta novela, ambientada en los años dorados de la joven democracia española, cuando se vivía la quimera de ser un país rico europeo y comenzaron a llegar inmigrantes de todas partes del mundo, sobre todo de América Latina, en un flujo inverso al seguido desde finales del siglo XV tras el desembarco en América de los navegantes españoles. 
A sus pocos años, Angelina se ha dejado convencer por su abuela para abandonar su Guatemala natal y viajar en busca de un Nuevo Mundo. ¿Encontrará El Dorado o las Siete Ciudades de Cíbola en las tierras españolas a las que acaba de llegar? ¿O acaso será el amor lo que descubra? 
Mezcla de tradiciones y modernidad, en esta narración se propone una mirada nueva de las cosas, una realidad maravillosa que sigue una lógica distinta. La trama no está exenta de sorpresas que mantendrán en vilo al lector hasta el final. 

Antes de acercarme a Angelina y el Nuevo Mundo, me acerqué a Carmen Martínez Gimeno. O ella se acercó a mí, no estoy segura. Fue en la presentación de un libro de otro autor cuando tuvimos oportunidad de charlar, y como me gustó su visión de las cosas en general y de la literatura en particular, quise probar con una de sus novelas (de las cuales creo recordar que no me habló en ningún momento de la conversación, y para mí la mejor publicidad es a veces la ausencia de publicidad). 

Después de acercarme a la autora me acerqué a su blog. Y finalmente, un buen día, la lectura de una de sus entradas hizo que me enamorara de un fragmento de esta novela. Y así llegué a conocer a Angelina, su linda voz y sus ojos de española.

Supongo que no soy la única persona que alberga suspicacias respecto a las novelas autopublicadas de Amazon. Como todo el mundo puede publicar, hay un gran riesgo de toparse con textos insuficientemente trabajados, de modo que cada vez tengo más cuidado a la hora de seleccionar las lecturas expuestas en ese gran gigante digital. Un vistazo a las primeras páginas ayuda mucho, y en este caso me confirmó que Carmen (traductora, editora, correctora y profesora, amén de escritora) se maneja estupendamente entre las letras. Más avanzada la lectura, comprobaría que además la autora sabe de lo que habla: parece bien trazado ese fondo histórico y cultural guatemalteco sobre el que se asientan las vidas de los personajes, y parece bien creíble y natural su modo de platicar (no han sido en vano sus viajes a América). Y nótese el "parece", porque esto es una opinión no más; quién soy yo y qué son mis escasos conocimientos para decidir lo que está bien o mal documentado.

Angelina y el Nuevo Mundo trata de eso: de la llegada al Nuevo Mundo de Angelina, una niña proveniente de un país (Guatemala) donde las niñas se ven obligadas a madurar más rápidamente que en el nuestro. Una niña sin padres ("A mi papá lo mataron los militares por no aguantarse y querer defender sus derechos pisoteados y mi mamá murió del sufrimiento porque era pobre y nadie la ayudó"), cuya abuela decide que su mejor futuro se encuentra en España.
"-[...] Mi abuelita quería protegerme como se protege a un hijo, dándome lo bueno de su corazón, y me envió a España pensando que acá la ley me cuidaría para que no me maltraten, no me den susto, no me hagan sufrir, pensando que viviría segura, trabajando por mi gusto y ganando bien, porque ustedes tienen derechos humanos."
Angelina aterriza en Madrid y no son fáciles los inicios, conoce a mucha gente mala y buena, los rincones de la ciudad enorme, los pasillos del metro, el verde parque del Retiro. ¿Encontrará esos "derechos humanos" que vino a buscar? 

Se trata de una historia corta pero bien narrada, impregnada de la cultura guatemalteca, un poco mágica y con unos diálogos deliciosos. El habla propia del otro lado del Atlántico (algunas de cuyas expresiones suelen resultarme entrañables) está tan bien reflejada que casi se puede escuchar el acento. Observamos nuestro país desde ese ángulo cultural y lo vemos un poco distinto; las cosas que no parecían importantes ahora llaman nuestra atención, porque estamos metidos en la piel de Angelina.

Flojea para mi gusto cuando empieza a intercalar las vivencias de la abuela en Guatemala con las de su nieta en España, pues en ese punto había cogido tal simpatía por Angelina que ya no me apetecía saber qué era de doña Chona. No obstante, admito que es un punto de vista que enriquece la novela. A parte de aportar los conocimientos sobre el país en el que ha echado raíces, doña Chona es una ilol o curandera y, a través de hierbas y rituales, sabe cuidar de los suyos y maneja la muerte casi tanto como la vida. 

Y el final, aunque no es malo, también me ha traído una pequeña decepción. Me hubiera gustado algo más... apoteósico. No quedarme con esa sensación de suspenso, como de no haber terminado de salir de la historia o de haber dejado una puerta sin cerrar.

Pero, ¿sabéis que hace tiempo que soy incapaz de usar mi lector de ebooks? Necesito libros en papel, lo digital se me hace tan distante... Sin embargo, he leído esta novela íntegramente en el teléfono móvil; debe ser que sus letras son tan cercanas y tan cálidas que neutralizan la frialdad de la pantalla de cualquier aparato.


Os animaría a buscar en Amazon y someter a examen las primeras páginas de Angelina y el Nuevo Mundo: las probabilidades de que os gusten son altas. Porque tiene el regusto de la literatura de antes, de mi literatura de antes. Seguir las aventuras de la pequeña protagonista guatemalteca ha traído a mi memoria aquella época en que de niña seguía las aventuras de otros niños, como la Celia de Elena Fortún. Angelina es inocente pero madura, capaz de hacernos pensar con sus sentencias, porque pese a lo joven que es, ha experimentado lo suficiente como para empezar a vislumbrar la sabiduría. 

sábado, 5 de septiembre de 2015

Luna de verano; de P.G.Wodehouse

"Jane examinaba su plato de entremeses, lamentando amargamente, como siempre ocurre, la equivocación que había cometido al elegirlos.
-No le pasa a usted -dijo a Joe- que después de que le sirven los entremeses se da usted cuenta de que lo que realmente quería era sardinas?
-Creo haber explicado bastante concretamente que lo que quiero es a usted.
-No, hombre. Quiero decir sardinas en vez de ensaladilla de patatas y berza en vinagre.
-Vale más no extraviarnos por los caminos de la ensaladilla de patatas -dijo él-. Me parece que no se ha dado usted cuenta de que le he dirigido el máximo piropo que puede dirigirse a una mujer, como he leído no sé dónde.
-Ya, ya lo he notado.
-Entonces, vayamos al grano y dejémonos de esas banalidades de la berza en vinagre y demás. Le he pedido que se case conmigo. ¿Por qué no acepta?
-Porque he hecho a mamá solemne juramento de no dar promesa de casamiento a un hombre a los cinco minutos de conocerlo."

SINOPSIS
Es verano en el castillo de Sir Buckstone Abbott, y el buen tiempo enciende las pasiones: Joe Vanringham languidece por Jane Abbott, quien a su vez suspira por Adrian Peake y cree ser correspondida por él. Pero Joe sabe algo que Jane ignora: Adrian es una especie de perrito faldero -o gigoló, según los días– de señoras acaudaladas y, ahora, está comprometido con nada más y nada menos que la princesa Von und Zu Dwornitzchek, antaño conocida como señora Vanringham... Y hay una vuelta de tuerca más en esta divertidísima ronda de pasiones estivales: el padre de Jane, el no menos tremebundo sir Buckstone Abbott, ha planeado venderle su solariega –y horrible– mansión a la princesa para salvar así sus maltrechas finanzas.

La recomendación tan insistente de este autor por parte de Ana González Duque fue lo que me llevó a elegir esta novela como indudable candidata para participar en la iniciativa Serendipia Recomienda 2015. Además, por fin iba a descubrir qué era esa humor británico que a tanta gente le gusta. Y que, visto lo visto, a mí no me genera demasiado entusiasmo. Creo que han sido más carcajadas lo que he echado en falta. 

La lectura ha resultado agradable, eso sí. Creo que es muy posible que encante a determinado tipo de lector: ese del que hablaba, el que ama el humor inglés. La forma de expresarse del autor me ha parecido una mezcla encantadora de ironía y lenguaje bucólico, que llama la atención desde el inicio:
Era una espléndida mañana dorada y azul, de nubes aborregadas e insectos que zumbaban a la luz del sol. Lo que el locutor del boletín meteorológico de la BBC -que puede equivocarse como cualquier hijo de vecino- hubiera llamado "una zona de alta presión atmosférica que se extiende al sur de las islas Shetland sobre gran parte del Reino Unido", funcionaba perfectamente.
Tampoco los personajes están mal: uno puede reírse de ellos para sus adentros, por sus ocurrencias y las situaciones en las que se ven envueltos, aunque no se llega al punto de encariñarse, de sentir con ellos, de echarlos de menos y no olvidarlos nunca jamás. Quizá no quede más remedio y sean así las cosas en la comedia: uno se puede divertir con una caricatura, pero difícilmente llegará a amarla, al no sentirla próxima a su realidad. 

En Luna de verano encontramos enredos amorosos en toda regla. Iba a calificar la novelita de sencilla hasta que me he acordado de lo que me costó seguir cada uno de los hilos que entretejían el enredo. Que si el enamorado, que si la prometida, que si el padre, que si el yerno, que si el otro enamorado, que si la otra muchacha, y luego los nombres y los apellidos y los parentescos varios. Alguno diréis que no es para tanto, pero yo a veces tenía que pararme a respirar para recomponer en mi cabeza todo el cuadro.

No puedo dejar de comentar otra cosa buena que he sacado de esta lectura: conocí una preciosa librería de segunda mano llamada Arrebato Libros. De esas llenas de tesoros "enterrados", con libreros encantadores y marcapáginas incluido en la compra. Y una puerta de entrada a la que dan ganas de sacarle fotos desde todos los ángulos.


Aunque Luna de verano no ha cumplido mis expectativas, tampoco me ha hecho sufrir. He llegado a percibir en ella un encanto especial que me permite entender que pueda entusiasmar a cierto tipo de lector. Cierto tipo al que parece que no pertenezco.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Nuestro último verano en Escocia

SINOPSIS
Doug y Abi son dos padres normales que tienen tres hijos encantadores aunque muy excéntricos. Cuando el estrés de ser padres pone en peligro su estabilidad mental y su matrimonio, deciden realizar un viaje a Escocia con sus hijos. Allí participarán en una gran reunión familiar y se reencontrarán con Gordie, el increíblemente extravagante padre de Doug. Sin embargo, lo que prometían ser unas vacaciones para la reconciliación pronto se convierte en un campo de minas no exento de situaciones hilarantes en el que rencores familiares, malentendidos y egos maltrechos conforman el orden del día. Cuando los niños precipitan un giro inesperado en los acontecimientos, la familia se ve obligada a aparcar sus diferencias y a colaborar, pues de lo contrario corren el riesgo de perder aquello que más aprecian.

Tuve ocasión de ver Nuestro último verano en Escocia en una de las pocas visitas que hago a la gran pantalla, y di gracias una y mil veces por haberme cruzado con ella. La elección fue espontánea: unas amigas querían ver actuar a David Tennant fuera de la serie Doctor Who; yo, a parte de esa curiosidad, fui pescada por una crítica que la comparaba con Pequeña Miss Sunshine (una de mis películas favoritas). No siempre las comparaciones son odiosas o desacertadas, y sí que me recordó a Pequeña Miss Sunshine en algo: el estilo de los personajes. Todos son peculiares, carismáticos, vivos.

The truth is, every human being on this planet is ridiculous in their own way. So we shouldn't judge, we shouldn't fight, because in the end... in the end, none of it matters. 
(La verdad es que todo ser humano de este planeta es ridículo a su manera. Así que no deberíamos juzgar, no deberíamos pelearnos, porque al final... al final nada de eso importa.) 
Es cierto que el argumento peca un poco de esperpéntico, cada vez más a medida que avanza la cinta, pero a mí no me molestó. Supongo que es algo intencionado y busca la complicidad del espectador, robarle una sonrisa o una lágrima, a veces una sonrisa diluida en llanto. Y llegó un momento en que pensé que me sería imposible disimular. Podía justificar mis lágrimas diciendo que habían sido exprimidas por las carcajadas, aunque quizá eso no fuera una justificación sino una verdad. O a lo mejor sí, a lo mejor estaba llorando de verdad. Los ojos rojos. El pañuelo saliendo continuamente del bolso en auxilio de la nariz. Lo admito: mi reacción fue exagerada (a lo mejor partía de un estado de ánimo algo lábil), pero mis carcajadas no fueron solitarias, y tampoco fui la única que salió contenta de la sala.


Me gusta la sinopsis que leí antes de ver la película, que es la que he puesto debajo de la foto de cartel, extraído de la página de filmaffinity. Me gusta porque no revela nada importante y, de hecho, la película tomó un camino que me pilló por sorpresa. Se abrió sin previo aviso un abanico de sentimientos y reflexiones. Apareció una profundidad inesperada en la que me caí.


Poco después descubrí que a este tipo de películas se les llama feel good movies (siempre con esa manía de usar el inglés, que parece que queda más guay que el castellano) y fui consciente, aunque no me importó, de que estaba llena de mensajes tópicos ("Vive la vida, que son dos días", "Aprovecha el tiempo con la gente que te rodea"...). No me importó porque en mí funcionó la fórmula, porque los miembros de la familia protagonista tienen una personalidad tan desbordante que es difícil no quererlos y emocionarte con ellos. Especialmente con los tres niños, cuya actuación no voy a entrar a valorar, pero que, con sus reacciones inesperadas y sus diálogos inocentes y directos al grano, aportan gran parte de su esencia a la película (y de las carcajadas).


Cuando una historia, ya sea escrita o audiovisual, me hace sentir de este modo, acude a mi mente la palabra catarsis y el comentario de un libro de texto del colegio, que decía que eso era lo que buscaban las obras dramáticas clásicas griegas. Como si las lágrimas arrastraran todo el estrés fuera del cuerpo (y quizá haya parte de verdad en ello). En fin, quién iba a decir que no me importarían los tópicos: a mí me ha encantado esta comedia británica con un toque de drama.


miércoles, 15 de julio de 2015

Maestro cantor; de Orson Scott Card

"Ansset se puso a cantar de nuevo, con un tono tranquilizador, pero Kya-Kya se puso en pie de un salto y retrocedió.
-¡Otra vez no! ¡No me engañarás de nuevo! ¡Cántale a las piedras y hazlas llorar, pero no me engañarás otra vez!
Salió corriendo de la habitación, cerrando la puerta de golpe, y dejando atrás la canción del niño, su rostro vacío. Ansset era un monstruo, no había nada real en él, y Kya-Kya lo odiaba.
Pero al mismo tiempo recordaba su canción y le amaba, y ansiaba regresar a su celda para oírle cantar eternamente."
SINOPSIS
Secuestrado a muy temprana edad, el joven Ansset ha sido educado en el aislamiento de la Casa del Canto. Su vida es la música y la canción. Su voz posee cualidades nunca oídas antes. Su arte puede reflejar las esperanzas y los miedos de su audiencia y, amplificando las emociones que inspira, puede incluso servir para sanar. Aunque también para destruir… Ansset se convertirá en Pájaro Cantor de Mikal el Terrible, el emperador de la galaxia, pero deberá demostrar su capacidad para calmar con sus canciones la conciencia atormentada del temible gobernante.
Una sobrecogedora historia de poder y de amor. La saga de formación de un artista y su educación sentimental y política. Una vida trágica y gloriosa, narrada con la mano experta en el tratamiento de sentimientos y emociones que le han valido a su autor los premios Hugo y Nébula por El juego de Ender y La voz de los muertos. 

Después de la lectura de El juego de Ender, hace ya varios años, no me quedaron ganas de seguir con las aventuras de este personaje en La voz de los muertos y el resto de novelas de la saga. Pensé que era un buen final para las aventuras de este niño obligado a madurar antes de tiempo y que no merecía la pena darle más vueltas, porque eso sólo serviría para cansarme de una historia que, aunque bien contada, no había terminado de seducirme. (Excluyendo su impactante final.) No obstante, cuando buscando un libro para regalar me encontré con esta novela menos conocida Orson Scott Card, la sinopsis me pareció tan atractiva que, una vez conocida la sentencia positiva de su dueña y primera lectora, quise acercarme a él. 

Pese a que no tengo El juego de Ender fresco en la memoria, es inevitable encontrar paralelismos entre este Maestro cantor y la obra más conocida del escritor. El protagonista, Ansset, es un nuevo Ender, o tal vez fue al revés, pues esta obra se publicó seis años antes de que el famoso personaje viese la luz. Tanto uno como otro son niños que se ven obligados a dar lo mejor de sí mismos demasiado pronto, a dejar de lado sus deseos más espontáneos para hacer frente a un destino que se les presenta en forma de una gran responsabilidad: salvar a la humanidad de la invasión extraterrestre en un caso, mantenerla pacíficamente unida en otro.
-Es un lugar lleno de orgullo -dijo Ansset.
-¿Qué, la Tierra? -preguntó Riktors Ashen.
-¿Qué he visto de la Tierra?
-Todo el planeta es así. Mikal no diseñó esta ciudad, ¿sabes? Fue un regalo.
-¿El planeta entero es así de hermoso?
-No. Altivo. Con la nariz al aire. La gente de la Tierra está muy orgullosa de ser el "centro de la humanidad". El corazón, vaya tontería. En el margen, eso es lo que son, y un margen loco, si quieres saber mi opinión. Se aferran a sus insignificantes identidades nacionales como si fueran religiones. Es un lugar terrible para una capital... este planeta está más fragmentado que el resto de la galaxia. Hay incluso movimientos independentistas.
-¿Para independizarse de qué?
-De Mikal. De su planeta capital, y piensan que sólo una porción del planeta debería librarse de él -rió Riktors.
Ansset estaba completamente sorprendido.
-¿Pero cómo pueden dividirlo? ¿Pueden coger un trozo del planeta y llevarlo al espacio? ¿Cómo pueden ser independientes?
-Eso mismo pienso yo.
Orson Scott Card construye a sus personajes desde dentro, intentando otorgar de sentido emocional a sus acciones, explorando hasta las entrañas los porqués de su forma de ser. 

Me ha gustado mucho más el entorno en el que se desarrolla esta novela si se compara con la sensación claustrofóbica que transmitía El juego de Ender. Ya no son habitáculos cerrados flotando en el espacio, sino que el mundo se abre ante nosotros en forma de diversidad de paisajes y ciudades, de un universo entero lleno de planetas y ciudades que descubrir, aunque sólo visitemos con la imaginación un número reducido de estos lugares. Hay más naturaleza y no tanta maquinaria espacial, y eso me ha acercado más a la historia.

Todo el universo está gobernado por el emperador Mikal. Mikal reúne un amalgama de cualidades (ambición, sensibilidad, crueldad, amor) en unas proporciones tan perfectas que le han permitido obtener y conservar su puesto de poder y mantener a la Humanidad unida y "en paz". 
La Casa del Canto, en el pequeño planeta de Tew, mantiene cierta independencia respecto al gobierno del emperador. Se trata de una institución que enseña a sus alumnos a cantar hasta convertirlos en Pájaros Cantores, seres con un increíble talento para comunicarse a través de melodías. Una vez formados, los Pájaros Cantores pueden ser adquiridos temporalmente por la gente de toda la galaxia, pero sólo si la Casa del Canto considera que son capaces de apreciarlos. 

Lo de cantar suena muy simple, pero no es así. Me ha parecido un aspecto muy original y el mayor atractivo de esta novela. Los alumnos entrenados en la Casa del Canto son en su mayoría niños, algunos de ellos huérfanos que son acogidos y cuidados allí a lo largo de su vida. Los Maestros Cantores y sus alumnos se comunican a través de la música. Cuando alguien habla, no "dice", sino que "canta". Saben imprimir a sus palabras el ritmo adecuado para transmitir algo que va más allá de las mismas. O saben hablar sin palabras, tan solo desnudando su alma a través de melodías, aunque ese sea un arte difícil de dominar.

Y por supuesto, Ansset es el héroe, y como tal posee cualidades espectaculares. Quizá un tópico que se permite Orson Scott Card, igual que hará con Ender. Pero ambos personajes sufren una evolución; la evolución de Ansset desde el principio hasta el final de Maestro cantor es clara y el camino que recorre entre la multitud de personajes que pueblan la novela es largo, sinuoso y repleto de sentimientos. La palabra amor en su sentido más amplio flota sobre las letras desde la primera a la última página.
Oh, Ansset, eres un maestro, pensó Esste, pero también advirtió cosas que no había percibido con anterioridad: cómo su rostro se mostraba impasible antes y después de cantar: cómo su cuerpo permanecía rígido, concentrándose en conseguir el tono preciso. Nos manipula, pensó Esste. Nos manipula pero no lo hace ni con la mitad de perfección con que se manipula a sí mismo. Advirtió cómo el niño percibía la más mínima agitación, cada mirada del público, cómo se nutría de ella y la devolvía multiplicada por cien. Ansset es un espejo que amplifica, pensó Esste. Eres un espejo que amplía, tomando el amor que recibes y lo devuelves con más fuerza que antes, pero sin nada de dentro de ti. No eres completo.
Las relaciones que se establecen entre unos personajes y otros son cambiantes y llenas de matices. A veces, como en la vida real, no del todo definidas. Ansset es un niño que se va modelando a base de las presiones del entorno. Su maestra Esste será la encargada de manejar esas presiones de forma  que no san demasiado fuertes y hagan de Ansset un ser artificial, desprovisto de su propia humanidad. Las canciones de Ansset pronto se hacen famosas por su capacidad para reflejar las inquietudes y anhelos de los demás, pero parece claro que el pequeño ha enterrado sus propias emociones muy dentro de sí mismo. Puede controlar las de los demás, pero corre el peligro de ahogarse dentro de sí, en el pozo profundo de su Control.  

De errata a errata y tiro porque me toca

Casi se me olvida una pega muy gorda. Pero no es culpa de Card, sino de quien sea que haya editado este libro. Porque me ha parecido vergonzosa la cantidad de erratas absurdas que lo pueblan. Pero no erratas de no saber escribir, sino erratas de palabras juntas de debieran ir separadas, separadas que debieran ir juntas, cambios de letras dentro de palabras (de manera que la palabra la tienes que imaginar), comas por puntos, incluso cambios de letras por números (en vez de poner "lo", ponía "10"). Un auténtico jeroglífico cuya razón de ser no me explico. Pareciera que todo fuese fruto de una máquina en vez de un ser humano. Será que querían llevar la Ciencia Ficción al límite.


Maestro Cantor es una novela compleja en cuanto a contenido pero de lectura sencilla y bastante adictiva. Últimamente es difícil que una novela capte mi atención desde el principio, y esta lo ha hecho desde el prólogo, si bien es verdad que iba inflándose y desinflándose y que esperaba algo más del final, después de la gran sorpresa que me llevé con el de El juego de Ender. Al final he disfrutado más del camino que de la meta. Ha sido uno diferente a los que había recorrido hasta ahora.

sábado, 4 de julio de 2015

El chico sobre la caja de madera; de Leon Leyson

"Me fijé en que los nazis convencidos me miraban los zapatos o daban cuerda a su reloj cuando alguien mencionaba la guerra. Si alguien hacía algún comentario sobre las desgracias sufridas por los judíos, su manida respuesta era: «Nosotros no sabíamos nada». El doctor Neu no era así. Me preguntó sobre mis experiencias y escuchó atentamente lo que le conté. Me acordé de que Oskar Schindler también me había hecho preguntas y había escuchado mis respuestas. El doctor Neu no intentaba encubrir lo que había pasado. Un día, mientras yo le contaba una historia, su mujer nos oyó. «Nosotros no sabíamos nada», murmuró. Él le lanzó una mirada penetrante y dijo: «No digas eso»"

SINOPSIS
Incluso en los tiempos más oscuros, especialmente en los tiempos más oscuros, hay espacio para la fuerza y la valentía. Una memoria notable de Leon Leyson, uno de los niños más pequeños sobrevivientes del Holocausto en la lista de Oskar Schindler. 

¿Qué me sugería, hasta hace unas semanas, el nombre "Schindler"? Pensaba en una lista. ¿De alumnos? ¿De tareas? ¿De la compra? Nada de eso. Solo en una lista. Como mucho, de personas. Pero no sabía para qué.

¿Qué me sugiere, ahora, el nombre de "Schindler"? Pienso en la palabra héroe. En un hombre que luchó por salvar la vida de personas (él sí las consideraba personas), que no tuvo más remedio que hacerlo pagando por cada una de ellas a costa de su propio fracaso. Sin obtener nada a cambio. Miento. La gratitud de miles no es "nada". Ahora, cuando pienso en Oskar Schindler, siento orgullo ajeno (que es como la vergüenza ajena pero en orgullo). 

No ha sido El chico sobre la caja de madera una lectura inolvidable ni que me provocara grandes emociones, pero sí una puerta abierta a una pequeña parcela de la Segunda Guerra Mundial que yo no conocía. Y no sólo me he asomado a ella sino que he sentido la necesidad de atravesarla y acercarme más a ese personaje extraordinario. Lo hice poco tiempo después, gracias a la película La lista de Schindler.

Tampoco es que Oskar Schindler fuese un hombre ejemplar. No hay seres humanos perfectos, al fin y al cabo. Pero sí que podría decirse que fue un héroe, y el razonamiento de Leon Leyson viene a demostrarlo:
Habría podido decidir que su vida dependía de obligarnos a trabajar hasta la muerte, pero no lo hizo. En cambio, ponía en peligro su vida cada vez que nos protegía por la sencilla razón de que era lo que había que hacer. Yo no soy filósofo, pero creo que Oskar Schindler es un excelente ejemplo de heroísmo. Demuestra que una persona puede hacerle frente al mal y cambiar las cosas.
Yo soy una prueba viviente de ello.
Recuerdo una entrevista televisiva que vi una vez con el escritor y académico Joseph Campbell. Nunca he olvidado su definición de «héroe». Según Campbell, un héroe es una persona normal y corriente que hace «lo mejor que se puede hacer en el peor de los momentos». Oskar Schindler personifica esa definición.
Schindler llevaba una existencia algo contradictoria. A parte de pertenecer al partido nazi, era un hombre mujeriego (infiel a su esposa), dado a la bebida y a las fiestas, pero utilizaba las mujeres, la bebida y las fiestas para mantenerse en buenas relaciones con sus compañeros de partido: era el perfecto organizador de juergas. 
Gracias a estas buenas relaciones y a su inteligencia, se colocó en una posición óptima para ayudar a los débiles sin sufrir el castigo por parte de los poderosos. Así, pudo acoger en su fábrica a varios cientos de judíos a los que evitaba la tortura de los campos de concentración y de exterminio. No es que tuvieran una vida muy cómoda, pero al menos comían algo (poco) y no eran maltratados. Ellos, los que formaban parte de la lista de trabajadores de la fábrica, se sentían afortunados. Les sorprendía que su superior les considerase personas y hablara con ellos como si fuesen sus iguales.

De izquierda a derecha: Oskar Schindler, Lis y su marido Leon Leyson.
Sí: posiblemente El chico sobre la caja de madera sea "una novela más del holocausto". Esta vez no voy a decir que es diferente a las demás o una digna competidora de La ladrona de libros (con la que, por otra parte, no tiene nada que ver en cuanto a estilo). Pienso que lo único que la hace más especial es su carácter autobiográfico, pues su autor, Leon Leyson, vivió de primera mano lo que en ella se cuenta: fue arrancado en su infancia primero de su hogar y después de su familia; formó parte de esa lista (fue el superviviente más joven); conoció a ese héroe. Y lo que más destaca de su declaración es la devoción manifiesta hacia el hombre al que debe su existencia.
Fallecido hace dos años, Leon Leyson era al principio reacio a hablar de esa época de su vida, pero con el paso de los años perdió ese miedo y ha ofrecido discursos y entrevistas*. 


Oskar Schindler: si no conoces al hombre que hay detrás de ese nombre, esta novela es una buena forma de empezar a hacerlo, a través de los ojos de uno de los cientos de judíos a los que salvó.

3,5

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*En Youtube pueden encontrarse algunas; dejo este enlace como breve ejemplo: (aquí).