sábado, 6 de agosto de 2011

Atropello

Circulo con mi madre en un coche, ambas en los asientos delanteros. Yo a la izquierda; ella, a la derecha. Pero, a pesar de eso, es ella la que conduce. ¡Yo no tengo carnet! Entonces, ella se pone a rebuscar en su bolso. No sé exactamente qué. Pero busca y rebusca, apartando los ojos de la carretera. "Mamá, deberías estar atenta a la carretera", le digo. Pero no me hace caso. Y su bolso parece que no tiene fondo. Así que (qué remedio) asumo aunque sea el control del volante. Porque ella pisa el acelerador, pero ni frena ni nada. El coche avanza, siempre adelante. Lo único que puedo hacer para que no choque es conducirlo por el buen camino... En ocasiones parece que estamos a punto de chocar, pero al final resulta no haber ninguna curva, y apenas necesito mover el volante. Estamos teniendo bastante suerte de ir en linea recta... por el momento. Mi madre sigue con la mirada baja, hacia su bolso abierto.


Creo que son tres personas las que vienen directamente hacia nosotras. En nuestra misma dirección, pero en sentido contrario. Pasean tranquilamente hacia nuestro coche. "¡Si no hay paso de cebra!", es lo único que me da tiempo a pensar. También me invade el terror, y la culpa empieza a llegar para aposentarse en mis entrañas y retorcerlas. "¡Mamá!", grito. "¡Frena!". 






Demasiado tarde.


Los cuerpos de dos personas se precipitan hacia el parabrisas con un fuerte golpe; yo cierro los ojos. No quiero verlo. No, no quiero ver sus cuerpos.


Es extraño, porque el cristal  no se ha roto (tal vez se haya rajado un poco o se haya hecho un agujero del tamaño de una piedra pequeña), pero encima de mi regazo yacen las dos personas atropelladas. Como si hubieran atravesado el cristal en su precipitación. Y no me atrevo a mirar abajo. Siento su peso sobre los muslos, su presión sobre las rodillas, pero no quiero ver el estado en que se encuentran. La culpabilidad me atenaza. El coche está parado. Mi madre no dice nada por unos instantes interminables. Y la culpabilidad, sobre todo la culpabilidad. Hemos atropellado a dos personas por no ir atentas. "No es mi culpa, es mi madre. Además, no iban por el paso de cebra". Ese pensamiento era lo único que mitigaba la culpabilidad.


Mi madre dice que los llevaremos al hospital. Y hacia allá vamos. Yo temo que no aguanten vivos hasta allí. O que estén muertos ya... Entonces se empiezan a mover. Por lo menos uno. Siento sus dedos como garfios clavarse en el dorso de mi mano y, al alivio de sentir que sigue vivo, se suma una sensación extraña, como de miedo inseguro. ¿Qué buscan aquellos dedos al clavarse en mi mano? ¿Ayuda? ¿Venganza? ¿Odio? 






¿Sabe aquella persona que, aunque no iba por el paso de cebra, ha sido atropellada porque la conductora del coche estaba mirando su bolso en vez de la carretera?


Si buscan ayuda, no puedo dársela. No sé como ayudar. ¡Ni siquiera soy capaz de mirar su cuerpo! Tengo miedo de ver una cara llena de sangre, un miembro torcido, o un hueso asomando roto a través de carne y piel rasgadas. 
Y si esos dedos quieren transmitirme odio... lo están consiguiendo, porque su odio me hace sentir más culpable aún.


Me aferro a la idea de que es ayuda lo que me están pidiendo. Entonces utilizo mis dedos para acariciar con ternura el dorso de su mano. Sea de quien sea la mano cuyos dedos reclaman mi atención. Sin hablar, quiero transmitir a esa mano que no puedo hacer nada, pero que pronto llegaremos a un lugar donde podrán ayudarla.


Y llegamos. Hay muchas ambulancias, y muchos médicos. Circulamos entre ellos, paramos, mi madre explica la situación (sólo dice que han sido atropellados, pero no por quién). Y el médico, vestido con las ropas llamativas y fosforescentes del SAMUR, dice que no puede atendernos. "No, señora, debería habernos llamado desde el lugar del accidente, hubiéramos ido allí, y habríamos atendido a los heridos. De esta forma, no se hacen las cosas." ¿Por qué? ¿Es que sospechan algo? Vuelve el miedo y la culpabilidad. ¿Y si, después de todo, nos obligan a volver al lugar para ver lo que ha pasado, y descubren por la disposición de la sangre y de los trozos de cristal (o quién sabe de qué cosa), que nosotras y sólo nosotras somos las culpables?


Pero al final cede (menos mal) y comienza a atender a los atropellados. ¡Resultaba que no están tan mal! Contemplo, sin salir de mi asombro, como se levantan y caminan por sí mismos mientras los médicos les examinan. Aún así, en ningún momento llego a ver sus caras. Sólo recuerdo la ancha espalda desnuda de uno de ellos, tal vez un hombre muy grueso, al que tuve que sujetar para que no cayera hacia atrás.

1 comentario:

  1. El escrito parece salido directo de un sueño. ¿Siempre corres hacia lo correcto? ¿Rehuyes lo inesperable?
    P.D. Acabo de ver que lo has etiquetado como sueño...

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