sábado, 27 de agosto de 2011

La Eternidad: hermanos del tiempo

En la Eternidad, que existía antes de nuestro mundo actual, nada se movía. Nada avejentaba.


Los árboles quietos erguían sus ramas y las mostraban a un cielo muerto, que nunca cambiaba su vestido de día por su pijama de noche. Porque estaba desnudo.


El agua no discurría, el viento sufría parálisis. Había animales, aves en el cielo etéreo colgadas, sin estar sujetas. Inmovilizadas. Los perros ladraban un sonido sordo que no se oía. Las estatuas inundaban el mundo de quietud.


Pero, en un momento que no fue momento, un día que no existió, ocurrió.


Lo primero que se escuchó fue un sonido fino y sutil, aterciopelado y acuoso como los hilos de lluvia que en algunos lugares colgaban del viento enfermo.


El sonido creció. Se hizo cada vez mayor y, al cesar este, o puede que simplemente al empezar, la Eternidad dejó de existir. ¡Aquel sonido había violado las leyes! ¿Desde cuando llegaba a la Eternidad algo que empezaba y se acababa? ¿Qué atrevimiento era ese?


El atrevimiento de unas Ánimas Foráneas que, sin comerlo ni beberlo, surgieron en aquel apacible espacio... ¡moviéndose!


Parecían luces. Finas hebras luminosas. Brillantes y tenues como cabellos dorados, el siseo que producían se extendió temporalmente por el silencio eterno , el cual desapareció.


Algunos serpeaban por el suelo o trepaban por las ramas, las sombras, los animales, las personas hieráticas. El resto, como lluvia amarilla, parecían caer de arriba, de un “cielo” sin sol donde la luz no tenía ni origen ni fin. Atravesaban el ambiente, cual vestigios de flechas invisibles, y lo teñían de fulgores irisados.


Y nadie pudo ver como todos aquellos seres brillantes rebotaron en la tierra con intenso fragor y viajaron arriba, arriba, muy alto. Y comenzaron a girar entre ellos, jugando juegos de corros y corrillos allá arriba, componiendo un círculo majestuoso y brillante. El Sol.


Y todavía hoy siguen riendo y jugando en las alturas, en una algarabía de luces. Y aún ahora nos observan, como padres que nos dieron la vida. Como padres que nos dieron, literalmente, a luz.


Pero volvamos atrás, a la eternidad rota. Al origen del Sol.


Cuando los pequeños rayos juguetones nos avistaron desde lo alto y nos vieron allí, con gestos paralizados, con gestos eternos... algunos de ellos quisieron bajar. A ayudarnos. Abandonando sus pasatiempos, se lanzaron hacia la tierra en halos de luz, en rayos de sol.


Es difícil describir lo que ocurrió cuando, acarreando la energía entera que los rebasaba, hirieron la tierra.


Fue una intensa explosión de vida lo que allí acaeció, una cascada de vigor y de aliento que empapó todo lo que en su camino encontraba, y llenó de vida todo lo marchito.


Los seres con piernas comenzaron a caminar, goteando vida allí por donde pasaban. La natura inició su ciclo de sabiduría, y por sus venas fluyó la sangre cristalina de ríos y arroyuelos. Graznaron los cuervos, y alzaron sus siniestros vuelos negros; zurearon las palomas, y lanzaron sus alas blancas al renovado viento. Llovió. Las chispas de agua colgadas del cielo se llenaron de energía, precipitándose a un oleoso océano en el que los peces se fundían con su propio hábitat.


Finalmente, la amistad entre el Sol y la Tierra fue tan fuerte que esta última, contenta de verse libre, giró y giró en torno a su benefactor, agradeciendo los regalos que tan generosamente le había ofrendado.


Los días y las noches se sucedieron, vistiendo, ahora sí, al cielo de los más variopintos tonos. La vida propiamente dicha, tal y como hoy la conocemos, parecía despuntar con cada amanecer. Pero no era así. De hecho, la vida no nacía. No moría. No tenía albor. Ni hallaba su término. La vida existía. Simple y llanamente, estaba ahí. Era eterna. Lo único eterno que quedaba. Lo único que el movimiento no podía devorar.


El viento no era eterno. A veces cesaba su carrera, su soplo enmudecía, perdía el movimiento. Y ya no era viento.


La lluvia velaba el paisaje con su manto de reflejos, hasta que su movimiento se estrellaba en Tierra. Y entonces, ya no era lluvia.


Pero, ¿y la vida? La vida rebosaba por doquier. No había lugar ni esencia que se librase de ser poseído por ella.


Y por eso, la muerte solo existía... en las metáforas. Meras metáforas en las que las olas morían en la orilla, el canto de los pájaros fenecía con el ocaso, o la vigilia expiraba con el sueño. Las metáforas... ¿ qué eran, sino simples quimeras, que nada podían contra el Imperio de la Vida?


Por esto, los seres vivos disfrutaban de cómodas y largas existencias, interminables estancias en ese insólito planeta que habitaban. Y del cual aprendían. Muchas cosas.


Tan larga estadía había hecho del hombre, y de otras formas de vida, seres sabios. Criaturas de una exuberante erudición, que iba creciendo en la medida en que sus experiencias proliferaban. Y la Naturaleza se sentía abrumada. No era posible que ella, la Madre de todas las cosas, la que había cuidado de todas esas criaturas, fuese superada por ellas...


... de una forma tan sencilla.


De manara que comenzó a trazar planes. Eran planes mordaces, que Natura tejía entre sus raíces nervudas, pero que pronto fracasaban por su extrema inocuidad. Huracanes, terremotos... Sí, acababan con algunas de esas criaturas, pero aun así... necesitaba más. Y un día, Natura conoció al Tiempo.


Y el amor que se inflamó en ellos fue mutuo.


Natura jamás había conocido semejante forma de vida. Había llegado a pensar que jamás encontraría nada comparable a ella, nadie con quien poder compartir su complicada vida, su intrincada razón de ser...


Pero delante de ella, si es que es posible que un alma permanezca enfrente de otra, se hallaba el Tiempo. Era obscuro, irradiaba poder. Su aura negra la acarició misteriosamente, y Natura no pudo evitar dejarse llevar. Dejarse engullir por él. Eran tan distintos, y a la par tan iguales.


Natura no tardó en quedar fecunda, y el Tiempo se encargó de que el nacimiento de sus hijos no tuviera demora. Ella deseaba ser Madre, Madre nuevamente... Esperaba que aquellas criaturas fuesen mejores a las otras, que no intentaran superarla. Deseaba que llegaran pronto, al tiempo que sentía incomprensibles escalofríos. Descargas de temor.


Y pronto llegaron.


La Natura misma presenció como sus hijos, uno a uno, germinaban de su seno. El Tiempo también. La abrazó con ternura, arropándola en la intensa negrura de su aura, y se dice que aún hoy el abrazo persiste.


Los hijos se parecían a su padre. Eran negros como profundos hoyos, pero muy pequeños. Y unos menudos colmillos ladinos descollaban en sus fauces. Natura se asustó.


Pero ya era tarde.


Intentó zafarse del abrazo del Tiempo. Deshacerse del aluvión de hijos que todavía brotaban en su seno. Pero la maldición ya había caído sobre ella, y su letal ahogo era ahora ineludible.


Segundos, Minutos, Horas. Los hijos del Tiempo eran perversos. Como su padre. Aprisa se apoderaban de todo cuanto encontraban. Y lo devoraban. Despacio, pero sin descanso. Incluso a su propia madre. La que los tuvo en su vientre. La que les había dado la vida.


Y, definitivamente, mataron a la Eternidad. Y conquistaron el Imperio de la Vida. Y la muerte...


... ya no fue solo metáfora.


Captura de la Imagen Flash Que Nunca Termina, "Zoomquilt2
***


Minerva no lograba dejar de llorar. La historia, lejos de consolarla, la había conmovido hasta tal punto que las lágrimas parecían aflorar directamente desde su corazón. Alzó la cabeza y se sintió atrapada por la mirada de aquella joven de ojos castaños y brillantes, con un atípico matiz ancestral.


Minerva entornó los ojos.


—¿Quién eres?– preguntó, sosteniendo apenas durante unos segundos la mirada de la extraña.


Ella tardó en contestar. Con un ágil movimiento, reunió su larguísimo pelo color canela en un moño. Después contempló a Minerva largo rato, como si estuviera elucubrando sobre las posibles respuestas.


—¿De verdad te interesa saber quién soy? ¿O te basta con mi nombre?


La extraña observó a Minerva, a sus ojos enrojecidos, y vio con claridad en ellos angustia, dudas... y preguntas. Muchas preguntas. Sin respuestas.


Y de improviso Minerva, hasta entonces sentada en una silla, se deshizo en sollozos. Y se arrojó, desconsolada, sobre el anciano que reposaba a su derecha. Quería decir tantas cosas... Ansiaba llorar, ansiaba gritar. Maldecir, desfogarse. Todo eso a la vez oprimió sus pulmones, su garganta... las palabras se atascaron, y Minerva no fue capaz de hacerlas salir.


—¿Por qué lloras, Minerva?– susurró la voz suave de la intrusa.


Minerva, que temblaba bajo la intensidad de sus sollozos, quedó inmóvil de repente. Lentamente giró la cabeza hacia la joven. Sus ojos destilaban auténtico recelo.


—¿Aún eres capaz de preguntarme eso?– inquirió, desafiante– ¿Eres consciente de que ni tan siquiera sé tu nombre? Además, ¿es que acaso no te has dado cuenta? – Minerva, realmente alterada, se había incorporado y las palabras fluían ahora de sus labios como dagas, dispuestas a enfrentarse a lo que fuera–. ¡Mi abuelo está...!– Minerva no terminó de gritar esa frase. Bajó la voz y añadió, con voz quebrada–:... muerto.


—Ya lo sabía– dijo la joven, sin alterarse–. Únicamente deseaba que meditaras un poco más tus razones.


La extraña deslizó su mirada hacia el suelo, en silencio, y añadió en voz muy baja:


—Me llamo Éter.


Minerva no habló. Le impresionó la súbita afirmación, el nombre que acababa de oír. Pero nada más. No había nada que decir. Así que ambas se hundieron en un silencio profundo. Y, mientras Éter pensaba, Minerva dejaba que su mirada caminase por el cuerpo inerte de su abuelo.


La estancia que les había sido asignada en el hospital contaba con una sola ventana, muy pequeña, y la luz blanquecina entraba tenue por ella, con timidez. El color azul de las paredes le recordaba a Minerva el cielo, y la cama una densa nube de blancura. Sin saber por qué, aquellos colores despertaban en ella una amargura insondable.


Éter meditaba. Su naturaleza le impedía ejecutar cualquier acción sin antes haber sopesado todas y cada una de sus posibles consecuencias. Estaba serena. Ella entendía la muerte; conocía sus secretos y de ninguna manera le acobardaba. Sabía que la historia que acababa de contarle a Minerva era verdadera. Entendía, también, que la chica viera en ella una simple leyenda. A pesar de que no lo era en absoluto.


—¿Conoces la razón por la que entré en esta habitación, y no en otra?– preguntó.


De la boca de Minerva no salió sonido alguno. No obstante, sí lo hizo de sus ojos una lágrima.


—Soy Éter, la eterna– la extraña clavó en Minerva una mirada, sin evitar dejar caer en ella un rastro de orgullo–. La única que superó en sabiduría a la Madre Natura, y venció a sus hijos. O lo que es lo mismo, a nuestros hermanos. A “tus” hermanos.


Esta vez, Minerva levantó la cabeza para mirar a Éter. Parecía haber en su rostro una huella de admiración. Sin embargo, masculló:


—Estás loca.


Entonces, Éter abrió mucho sus grandes ojos castaños, extendiendo un abanico de pestañas.


—Vine a ti para ayudarte– observó a Minerva con desprecio–. Los mortales sois necios.


Minerva bufó.


—Vete– dijo.


—Tú no puedes verlos– continuó Éter, ignorándola–. Lo rodean todo, lo arrasan todo. Como una enorme marea de mugriento petróleo. Incluso a ti te cubren. Apenas se te ve bajo su manto renegrido– Éter apuntó su dedo índice al brazo de Minerva–. Yo veo como te van arrancando la vida, cachito a cachito, como hicieron con tu abuelo...


—¡BASTA!– bramó Minerva–. ¡BASTA, BASTA, BASTA!


Se levantó con brusquedad, de manera que la silla resbaló por el suelo aparatosamente y osciló unos segundos sobre sus patas traseras, hasta estabilizarse con un estrepitoso golpe.


La furia de Minerva se derramó sin control, y también sus aullidos y gritos frenéticos.


Cuando la enfermera llegó encontró únicamente a Minerva, extremadamente nerviosa. Varios objetos yacían diseminados por la habitación. La chica, perturbada, vociferaba una letanía de injurias.


—¡Vete, vete! ¡Déjanos en paz! ¡Estás loca! ¡Vete, vete, vete, vete...!


Y, eventualmente, cesaban sus bramidos y Minerva se observaba, despacio, minuciosamente, como si buscara algo entre los pliegues de su atuendo. Y tornaba a gritar entre gemidos, mientras se sacudía con angustia:


—¡No me comáis, no! ¡Malditos!


A la enfermera le llevó un tiempo aplacar la cólera que rebasaba a la joven. Logró hacerla sentar en la silla y la apaciguó, mientras una pena honda martilleaba su pecho. Adecentó el cuarto y se marchó, pero antes lanzó una última ojeada a la joven, que respiraba agitadamente y tenía el rostro encendido. “Pobre chica”, se dijo para sí. “Su abuelo era lo único que le quedaba. Me gustaría poder hacer algo por ella.”


La mujer se detuvo. La idea que se le acababa de ocurrir la había impactado a ella misma. Pero una cosa era cierta: llevaba tiempo suspirando enardecidamente por tener a alguien que destituyera su soledad de una vez por todas... En un repentino arrebato, se volvió y recorrió el corredor con apremio, en dirección a la habitación de Minerva.


Lo que se encontró cuando abrió la puerta la sobrecogió.


Un silencio espantoso gobernaba la sala. Minerva, pálida como una flor de azahar, tendida sobre el lecho de su anciano antecesor, circundaba su cuello con ambos brazos. Sus manos, gélidas, se apretaban una contra otra, crispados los dedos.


Su cara arrasada por las lágrimas se encontraba en extraño letargo.


Se diría que los hijos del Tiempo le habían despojado con sus colmillos de un trocito de corazón.

5 comentarios:

  1. Musical? Qué adjetivo tan curioso, no se me hubiera ocurrido describirlo así.
    Muchas gracias!

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  2. Increíble.
    De verdad, me ha encantado.
    Has conseguido crear una auténtica leyenda, con el mismo ritmo que las historias antiguas...

    Me he quedado admirado.

    Hasta pronto.

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  3. Muchísimas gracias. Lo tenía guardado de hace tiempo, no es de ahora, y tampoco me convencía mucho, pero lo releí y pensé que no estaba tan mal. Aunque tampoco exageradamente bien, claro.
    Gracias de nuevo =)
    Un saludo!

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  4. Me ha parecido un relato hermoso, y con ello no solo quiero decir la historia, sino la forma en que está escrita.
    Espero que sigas subiendo más cuentos :)
    Un abrazo,
    Nimue

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