miércoles, 14 de septiembre de 2011

La ladrona de libros; de Markus Zusak

"Discúlpame, qué maleducada, te estoy destripando el final, y no sólo el de la novela, sino también el de esta parte en concreto. Te he adelantado dos acontecimientos porque no tengo ningún interés en ahondar en el misterio. El misterio me aburre, es una lata. Todos sabemos ya qué va a ocurrir. Las intrigas que nos empujan hasta el final son las que me inquietan, me desconciertan, me pican la curiosidad y me asombran.
Quedan muchas cosas en las que pensar.
Queda mucha historia."
SINOPSIS
Érase una vez un pueblo donde las noches eras largas y la muerte contaba su propia historia. En el pueblo vivía una niña que quería leer, un hombre que tocaba el acordeón y un joven judío que escribía cuentos hermosos para escapar del horror de la guerra. Al cabo de un tiempo, la niña se convirtió en una ladrona que robaba libros y regalaba palabras. Con estas palabras se escribió una historia hermosa y cruel que ahora ya es una novela inolvidable.
Vaya con el librito. Estuve a punto de comprarlo en la última Feria del Libro de Madrid, pero como no estaba segura de que lo tuviera ya en casa (mi señora madre compra libros imprevisiblemente, y hay que estar muy atento para descubrir las nuevas apariciones en los estantes), lo dejé pasar. Más tarde, apareció en las estanterías de mi casa. Otra de esas apariciones imprevisibles. Lo leí antes de que mi mamá lo hiciera.

Era algo muy distinto a lo que su sinopsis me sugería, puesto que no había leído tampoco ninguna reseña suya ni nada que me hiciera sospechar que iba de nazis, judíos y alemanes. Menos mal. Tal vez, no lo hubiera leído de ser así. Porque últimamente me da la sensación de haber leído ya suficiente sobre nazis, alemanes y judíos. Así que por favor, que esto no os eche atrás si compartís el mismo pensamiento. No se trata de una historia trillada o típica; al menos a mí no me lo ha parecido. La forma en que está escrito, el estilo originalísimo que emplea Zusak para narrar, y el punto de vista desde el que lo hace (¡la propia Muerte!), hacen de él un libro muy delicioso. De hecho, ha sido una gran sorpresa, y muy grata. A medida que lo iba leyendo me maravillaba más.

Y, cuando lo acabé, todo en él me parecía hermoso. Me hizo llorar. Me hizo amar varias palabras. Algunas alemanas: Saumensch, Saukerl. Otras, españolas: ladrona, beso, acordeón. Incluso el nombre de la protagonista: Liesel Meminger. Me encanta como suena.  
(Nota: si uno se fija atentamente en el alemán que hablan los personajes, incluso puede aprender expresiones básicas del idioma. Yo sólo me aprendí esas dos palabras, las cuales, si os interesáis por su significado, intuyo no me serán de gran utilidad.)

La Muerte es muy simpática. Ya desde el principio, cuando me empezó a contar la historia de Liesel, noté que no era tan mala como la pintaban. Resulta que a ella también le da pena tener que llevarse ciertas almas. Ella también tiene su corazoncito.

Markus Zusak ha hilado una suave red de palabras que atrapan al lector como una tela de araña. Su prosa es tan sencilla como conmovedora. A veces parece poesía. Poesía tan inocente como un niño. Tan inocente como Liesel Meminger.

En cuanto lo empecéis a leer, si alguna vez lo hacéis, notaréis que utiliza una ingente cantidad de puntos y a parte. Espero que no os pongan muy nerviosos los puntos y a parte. Al principio, pensé que ese era el truco. Que eso era lo que le otorgaba expresividad al texto. Y puede que sea uno de los ingredientes, pero no el único. 
También descubriréis enseguida otro recurso, esta vez, uno que no he visto en ningún otro libro. No se como llamarlo. Notitas, post-its, ¿existe un nombre oficial? Os lo muestro con un ejemplo. Estás leyendo y, de repente, te encuentras con esto:

*UN PEQUEÑO DETALLE*
Morirás.

Siempre en relación con el texto que estás leyendo, claro. A mí me daba la impresión de que una imagen se colaba de repente entre las palabras. Una escena fugaz. O como si el narrador hiciera zoom y enfocara un punto determinado de la escena. Si se hojean las páginas del libro, se ve que están llenas de esas notitas fugaces. Antes de leerlo, me llamaba mucho la atención. Otro ingrediente, como el de los puntos y a parte, pero aún quedan...
El último ingrediente es más difícil de describir. Es la combinación de las palabras unas con otras para formar frases. La combinación de frases unas con otras para formar párrafos. La combinación de párrafos para formar capítulos. Eso, hay que leerlo para entenderlo. Lo único que puedo decir es que había veces que una frase o combinación de ellas me parecía tan bonita o expresiva que la leía varias veces, solo para saborearla. Y que los capítulos cortos ayudan a que la lectura sea más rápida.

(¡Ah! ¡El libro tiene dibujos, y libros dentro del propio libro!)

Una última cosa. Yo creía que una historia enganchaba por la emoción, por la intriga, por el dolor de barriga, y todo eso. Pues resulta que no. La Muerte (que, como he dicho, hace las veces de narradora), tiene la mala costumbre de destriparnos el final continuamente. Casi sabemos como acabará el libro antes de terminarlo. La Muerte nos pide perdón, pero el daño ya está hecho. Aún así, como la Muerte dice: [léase cita superior].



CURIOSIDAD: CITAS DE LA LADRONA DE LIBROS EN MUERTE DE TINTA
Después de leer La ladrona de libros, ya que Cornelia Funke había incluido citas de este libro en su Muerte de Tinta (como suele hacer siempre al comienzo de cada capítulo), me dio por recordar cuáles eran. Eran tres, si no he mirado mal, y comprobé cómo puede variar una traducción al español:


Cita 1:
-lLdL: 
*UN PEQUEÑO DETALLE* 
Morirás.
-MdT: 
*UNA PEQUEÑA ANOTACIÓN AL MARGEN* 
Moriréis.


Cita 2:
-lLdL: 
Se removía en ella al tiempo que hojeaba las páginas atestadas de párrafos y palabras.
Qué hijos de puta, pensó.
Qué adorables hijos de puta.
No me hagáis feliz. Por favor, no me cameléis y me dejéis creer que algo bueno puede salir de todo esto.
-MdT:
Hervía de furia mientras contemplaba las páginas, rebosantes de párrafos y palabras. 
Cerdos, pensó ella. 
Queridos cerdos. 
No me hagáis feliz. Por favor no me satisfagáis. No me dejéis creer que todo esto puede originar algo bueno.


Cita 3:
-lLdL:
Arrancó una página del libro y la partió en dos.
Luego un capítulo.
Pronto no quedaron más que trocitos de palabras esparcidos entre sus piernas a su alrededor.
[...]
¿Qué tenían de bueno las palabras?
Esta vez lo dijo en alto a la luz anaranjada que inundaba la habitación.
-¿Qué tienen de bueno las palabras?
-MdT:
Ella arrancó una página del libro y la partió en dos. 
Después un capítulo. 
Muy pronto alrededor de sus piernas yacieron jirones de palabras... 
¿Para qué servían las palabras? 
Después lo anunció en voz alta, en la estancia de color naranja que ardía. 
"¿Para qué servían las palabras?"


Siempre me he preguntado, cuando leo un libro traducido, si será igual de bonito en su idioma original, o debemos al traductor el mérito de que parezca una obra maestra...

jueves, 8 de septiembre de 2011

Antiguo poema de una bibliófila

El terreno es la página,
límpida y pura.
La semilla la tinta,
profunda negrura.
El tallo, las líneas:
cauces de hermosura.
Y las letras, hojas:
tiemblan de ternura.

Las páginas se abren
a un mundo sin alma.
Generosas, ceden
sus luces al alba.
La tinta florece
en bellas palabras.
Sus males olvida
quien huele su aroma.

Arroyos, espejos,
por las líneas flotan
y muestran reflejos
de quien los explora.
¡De cuántos incautos
atrapan miradas!

Caudales de amor,
afluentes que fluyen
hasta el corazón,
portando en sus aguas
cariño y traición.

La magia...
La razón...
La realidad...
La ensoñación...

Mil almas y un Mundo:
La Imaginación.


“Sueño triangular” - Mandela9.wordpress.com

martes, 6 de septiembre de 2011

El nombre del viento; de Patrick Rothfuss

"-Es una palabra. Las palabras son pálidas sombras de nombres olvidados. Los nombres tienen poder, y las palabras también. Las palabras pueden hacer prender el fuego en la mente de los hombres. Las palabras pueden arrancarles lágrimas a los corazones más duros. Existen siete palabras que harán que una persona te ame. Existen diez palabras que minarán la más poderosa voluntad de un hombre. Pero una palabra no es más que la representación de un fuego. Un nombre es el fuego en sí.
Estaba muy confuso.
-Sigo sin comprender.
Elodin me puso una mano en el hombro.
-Utilizar palabras para hablar de palabras es como utilizar un lápiz para hacer un dibujo de ese lápiz sobre el mismo lápiz. Imposible. Desconcertante. Frustrante.- Alzó ambas manos por encima de la cabeza, como si tratara de tocar el cielo-. ¡Pero hay otras formas de entender!- gritó riendo como un niño pequeño. Alzó ambos brazos hacia el cielo sin nubes, sin dejar de reír-. ¡Mira!- gritó echando la cabeza hacia atrás-. ¡Azul! ¡Azul! ¡Azul!"

SINOPSIS
“Viajé, amé, perdí, confié y me traicionaron.”
En una posada en tierra de nadie, un hombre se dispone a relatar, por primera vez, la auténtica historia de su vida. Una historia que únicamente él conoce y que ha quedado diluida tras los rumores, las conjeturas y los cuentos de taberna que le han convertido en un personaje legendario a quien todos daban ya por muerto: Kvothe... músico, mendigo, ladrón, estudiante, mago, héroe y asesino.
Ahora va a revelar la verdad sobre sí mismo. Y para ello debe empezar por el principio: su infancia en una troupe de artistas itinerantes, los años malviviendo como un ladronzuelo en las calles de una gran ciudad y su llegada a una universidad donde esperaba encontrar todas las respuestas que había estado buscando.
Y por fin, tras años esperando en las estanterías, cayó. 

Sentía especial curiosidad por este libro desde que vi la portada, hace mucho, mucho tiempo. (Hay que saber que ciertas portadas ejercen una irresistible atracción en mi persona que me impulsa a coger el libro que adornan.) Pero no fue hasta que mi padre decidió usarlo como regalo para mi madre (eso hace que, desgraciadamente, el libro no sea mío) que ocupó su espacio en la librería del hogar. 

Su sinopsis, unida a ciertas frases que aparecían en la solapa (en concreto, una en la que aparecía la palabra "magia"), y todo ello mezclado con el hecho de que a mi madre le gustó, terminaron de desconcertarme. Mi mamá no lee literatura fantástica. No le gusta. Entonces, ¿qué narices contiene ese libro? Un libro cuya portada me había atraído, pero cuya sinopsis no me había terminado de convencer en un principio (me imaginaba algo bastante distinto a lo que he encontrado), se convirtió en el libro misterioso de la estantería. Y, como todo lo misterioso, terminó de atraerme hacia él. Y lo leí.



Cosas que he aprendido con El nombre del viento: ahora sé que no es que a mi madre no le guste la literatura fantástica, sino algo distinto: ella dice que no le gusta, pero no es cierto. Lo que no sé es si seguirá diciendo lo mismo, ahora. Todo esto me ha hecho replantearme mi existencia. ¿Sería posible llegar a convencer a mi madre de que leyera... mmm al menos Juego de Tronos? De cualquier forma, dejemos ese interrogante para otro momento, y vayamos al grano.

La cita con la que he comenzado esta entrada: es uno de los varios fragmentos del libro que me han embrujado. Tal vez no el que más, pero al final lo consideré el más apropiado para mostraros, por varias razones:
a) Contiene una idea que me ha rondado muchas veces la cabeza, en especial cuando me siento frustrada al no conseguir algo que deseo, algo que otra persona puede darme. Han sido varias las veces que, soñadora, he imaginado que seguramente existieran las palabras para lograrlo. Una especie de fórmula mágica compuesta de la combinación de palabras perfecta y precisa. Una frase, cualquiera, la más lógica o la más absurda, que lograra que alguien hiciera o sintiera lo que yo quisiera. ¿Por qué no? Y parece que, al menos, uno de los personajes de esta historia está de acuerdo conmigo.
b) Elodin. El nombre se parece a Aladino y Aladino tiene turbante. Tal vez por eso (y porque es profesor) el personaje me recuerde al profesor Quirrell, de Harry Potter. De otro modo, no tiene explicación alguna. Y también tiene un cierto aire de , que lo sepáis. Y, por todo ello y por su extravagancia, Elodin es uno de mis personajes favoritos de esta historia. Hay más personajes extravagantes, pero con este he pasado momentos deliciosos. Me atrevería a decir que los más deliciosos. 

El nivel de atracción que ejerce sobre el lector el devenir de los acontecimientos narrados: tiene altibajos. Personalmente, no es un libro que me haya atrapado desde el principio. También es cierto que pocos lo hacen. Pero recién comenzado, en los primeros capítulos, aún no se hacía merecedor de todos los elogios que sobre él se habían hecho. Le faltaba algo. Ello hizo, incluso, que navegara por la web en busca de opiniones que me animaran a seguir. ¡No! En absoluto pensé en dejarlo, no era tan terrorífico. Simplemente, quería saber que verdaderamente ese libro, tarde o temprano, me daría lo que esperaba de él. Y poco a poco, lo hizo. Llegó un momento en que verdaderamente me enganchó. Y luego volvió a decaer (no mucho), y luego otra vez se hizo atrapante. Así,  más o menos, en resumen: como una ola.

La prosa, la narración: original. Según iba leyendo, notaba que no era igual que otros libros. En las formas de expresarse, o de crear expectación: creo que Rothfuss tiene una forma peculiar de combinar palabras y frases. Me gusta, porque es distinto. Lo que pasa es que la prosa, en general ágil, se me antojaba más elegante en algunos pasajes que en otros, donde parecía un poco más "vulgar". Y no está del todo mal, pero entre eso y que decae en algunas zonas le ha quitado puntos. Tal vez esté siendo un poco estricta, pero es lo que tiene hablar de un libro que tiene colocado el listón tan alto desde el principio. 
En cuanto a los tiempos verbales, utiliza el presente desde el punto de vista de un narrador omnisciente, pero en los capítulos donde el protagonista relata su vida pasada, pasa a primera persona. Ello se traduce a que la mayor parte de los capítulos se narran en primera persona, habiendo pequeños descansos en los que volvemos al presente y vemos como los oyentes de Kvothe reaccionan a sus aventuras. El hecho proporciona  una oportunidad interesante al escritor de jugar a que sus propios personajes se hagan eco del pensamiento del lector. 
Es el propio Kvothe, de hecho, el que pone fin a El nombre del viento y nos prepara para lo que se avecina en el siguiente volumen, El temor de un hombre sabio. El segundo día de los tres en que él tiene planeado relatar su historia...

Aquí os dejo la valoración; dudaba entre 4 y 5, pero finalmente lo he dejado en 4, a la espera de que el autor tenga ocasión de superarse y demostrar lo que vale en el siguiente tomo. 




sábado, 27 de agosto de 2011

La Eternidad: hermanos del tiempo

En la Eternidad, que existía antes de nuestro mundo actual, nada se movía. Nada avejentaba.


Los árboles quietos erguían sus ramas y las mostraban a un cielo muerto, que nunca cambiaba su vestido de día por su pijama de noche. Porque estaba desnudo.


El agua no discurría, el viento sufría parálisis. Había animales, aves en el cielo etéreo colgadas, sin estar sujetas. Inmovilizadas. Los perros ladraban un sonido sordo que no se oía. Las estatuas inundaban el mundo de quietud.


Pero, en un momento que no fue momento, un día que no existió, ocurrió.


Lo primero que se escuchó fue un sonido fino y sutil, aterciopelado y acuoso como los hilos de lluvia que en algunos lugares colgaban del viento enfermo.


El sonido creció. Se hizo cada vez mayor y, al cesar este, o puede que simplemente al empezar, la Eternidad dejó de existir. ¡Aquel sonido había violado las leyes! ¿Desde cuando llegaba a la Eternidad algo que empezaba y se acababa? ¿Qué atrevimiento era ese?


El atrevimiento de unas Ánimas Foráneas que, sin comerlo ni beberlo, surgieron en aquel apacible espacio... ¡moviéndose!


Parecían luces. Finas hebras luminosas. Brillantes y tenues como cabellos dorados, el siseo que producían se extendió temporalmente por el silencio eterno , el cual desapareció.


Algunos serpeaban por el suelo o trepaban por las ramas, las sombras, los animales, las personas hieráticas. El resto, como lluvia amarilla, parecían caer de arriba, de un “cielo” sin sol donde la luz no tenía ni origen ni fin. Atravesaban el ambiente, cual vestigios de flechas invisibles, y lo teñían de fulgores irisados.


Y nadie pudo ver como todos aquellos seres brillantes rebotaron en la tierra con intenso fragor y viajaron arriba, arriba, muy alto. Y comenzaron a girar entre ellos, jugando juegos de corros y corrillos allá arriba, componiendo un círculo majestuoso y brillante. El Sol.


Y todavía hoy siguen riendo y jugando en las alturas, en una algarabía de luces. Y aún ahora nos observan, como padres que nos dieron la vida. Como padres que nos dieron, literalmente, a luz.


Pero volvamos atrás, a la eternidad rota. Al origen del Sol.


Cuando los pequeños rayos juguetones nos avistaron desde lo alto y nos vieron allí, con gestos paralizados, con gestos eternos... algunos de ellos quisieron bajar. A ayudarnos. Abandonando sus pasatiempos, se lanzaron hacia la tierra en halos de luz, en rayos de sol.


Es difícil describir lo que ocurrió cuando, acarreando la energía entera que los rebasaba, hirieron la tierra.


Fue una intensa explosión de vida lo que allí acaeció, una cascada de vigor y de aliento que empapó todo lo que en su camino encontraba, y llenó de vida todo lo marchito.


Los seres con piernas comenzaron a caminar, goteando vida allí por donde pasaban. La natura inició su ciclo de sabiduría, y por sus venas fluyó la sangre cristalina de ríos y arroyuelos. Graznaron los cuervos, y alzaron sus siniestros vuelos negros; zurearon las palomas, y lanzaron sus alas blancas al renovado viento. Llovió. Las chispas de agua colgadas del cielo se llenaron de energía, precipitándose a un oleoso océano en el que los peces se fundían con su propio hábitat.


Finalmente, la amistad entre el Sol y la Tierra fue tan fuerte que esta última, contenta de verse libre, giró y giró en torno a su benefactor, agradeciendo los regalos que tan generosamente le había ofrendado.


Los días y las noches se sucedieron, vistiendo, ahora sí, al cielo de los más variopintos tonos. La vida propiamente dicha, tal y como hoy la conocemos, parecía despuntar con cada amanecer. Pero no era así. De hecho, la vida no nacía. No moría. No tenía albor. Ni hallaba su término. La vida existía. Simple y llanamente, estaba ahí. Era eterna. Lo único eterno que quedaba. Lo único que el movimiento no podía devorar.


El viento no era eterno. A veces cesaba su carrera, su soplo enmudecía, perdía el movimiento. Y ya no era viento.


La lluvia velaba el paisaje con su manto de reflejos, hasta que su movimiento se estrellaba en Tierra. Y entonces, ya no era lluvia.


Pero, ¿y la vida? La vida rebosaba por doquier. No había lugar ni esencia que se librase de ser poseído por ella.


Y por eso, la muerte solo existía... en las metáforas. Meras metáforas en las que las olas morían en la orilla, el canto de los pájaros fenecía con el ocaso, o la vigilia expiraba con el sueño. Las metáforas... ¿ qué eran, sino simples quimeras, que nada podían contra el Imperio de la Vida?


Por esto, los seres vivos disfrutaban de cómodas y largas existencias, interminables estancias en ese insólito planeta que habitaban. Y del cual aprendían. Muchas cosas.


Tan larga estadía había hecho del hombre, y de otras formas de vida, seres sabios. Criaturas de una exuberante erudición, que iba creciendo en la medida en que sus experiencias proliferaban. Y la Naturaleza se sentía abrumada. No era posible que ella, la Madre de todas las cosas, la que había cuidado de todas esas criaturas, fuese superada por ellas...


... de una forma tan sencilla.


De manara que comenzó a trazar planes. Eran planes mordaces, que Natura tejía entre sus raíces nervudas, pero que pronto fracasaban por su extrema inocuidad. Huracanes, terremotos... Sí, acababan con algunas de esas criaturas, pero aun así... necesitaba más. Y un día, Natura conoció al Tiempo.


Y el amor que se inflamó en ellos fue mutuo.


Natura jamás había conocido semejante forma de vida. Había llegado a pensar que jamás encontraría nada comparable a ella, nadie con quien poder compartir su complicada vida, su intrincada razón de ser...


Pero delante de ella, si es que es posible que un alma permanezca enfrente de otra, se hallaba el Tiempo. Era obscuro, irradiaba poder. Su aura negra la acarició misteriosamente, y Natura no pudo evitar dejarse llevar. Dejarse engullir por él. Eran tan distintos, y a la par tan iguales.


Natura no tardó en quedar fecunda, y el Tiempo se encargó de que el nacimiento de sus hijos no tuviera demora. Ella deseaba ser Madre, Madre nuevamente... Esperaba que aquellas criaturas fuesen mejores a las otras, que no intentaran superarla. Deseaba que llegaran pronto, al tiempo que sentía incomprensibles escalofríos. Descargas de temor.


Y pronto llegaron.


La Natura misma presenció como sus hijos, uno a uno, germinaban de su seno. El Tiempo también. La abrazó con ternura, arropándola en la intensa negrura de su aura, y se dice que aún hoy el abrazo persiste.


Los hijos se parecían a su padre. Eran negros como profundos hoyos, pero muy pequeños. Y unos menudos colmillos ladinos descollaban en sus fauces. Natura se asustó.


Pero ya era tarde.


Intentó zafarse del abrazo del Tiempo. Deshacerse del aluvión de hijos que todavía brotaban en su seno. Pero la maldición ya había caído sobre ella, y su letal ahogo era ahora ineludible.


Segundos, Minutos, Horas. Los hijos del Tiempo eran perversos. Como su padre. Aprisa se apoderaban de todo cuanto encontraban. Y lo devoraban. Despacio, pero sin descanso. Incluso a su propia madre. La que los tuvo en su vientre. La que les había dado la vida.


Y, definitivamente, mataron a la Eternidad. Y conquistaron el Imperio de la Vida. Y la muerte...


... ya no fue solo metáfora.


Captura de la Imagen Flash Que Nunca Termina, "Zoomquilt2" 
***


Minerva no lograba dejar de llorar. La historia, lejos de consolarla, la había conmovido hasta tal punto que las lágrimas parecían aflorar directamente desde su corazón. Alzó la cabeza y se sintió atrapada por la mirada de aquella joven de ojos castaños y brillantes, con un atípico matiz ancestral.


Minerva entornó los ojos.


—¿Quién eres?– preguntó, sosteniendo apenas durante unos segundos la mirada de la extraña.


Ella tardó en contestar. Con un ágil movimiento, reunió su larguísimo pelo color canela en un moño. Después contempló a Minerva largo rato, como si estuviera elucubrando sobre las posibles respuestas.


—¿De verdad te interesa saber quién soy? ¿O te basta con mi nombre?


La extraña observó a Minerva, a sus ojos enrojecidos, y vio con claridad en ellos angustia, dudas... y preguntas. Muchas preguntas. Sin respuestas.


Y de improviso Minerva, hasta entonces sentada en una silla, se deshizo en sollozos. Y se arrojó, desconsolada, sobre el anciano que reposaba a su derecha. Quería decir tantas cosas... Ansiaba llorar, ansiaba gritar. Maldecir, desfogarse. Todo eso a la vez oprimió sus pulmones, su garganta... las palabras se atascaron, y Minerva no fue capaz de hacerlas salir.


—¿Por qué lloras, Minerva?– susurró la voz suave de la intrusa.


Minerva, que temblaba bajo la intensidad de sus sollozos, quedó inmóvil de repente. Lentamente giró la cabeza hacia la joven. Sus ojos destilaban auténtico recelo.


—¿Aún eres capaz de preguntarme eso?– inquirió, desafiante– ¿Eres consciente de que ni tan siquiera sé tu nombre? Además, ¿es que acaso no te has dado cuenta? – Minerva, realmente alterada, se había incorporado y las palabras fluían ahora de sus labios como dagas, dispuestas a enfrentarse a lo que fuera–. ¡Mi abuelo está...!– Minerva no terminó de gritar esa frase. Bajó la voz y añadió, con voz quebrada–:... muerto.


—Ya lo sabía– dijo la joven, sin alterarse–. Únicamente deseaba que meditaras un poco más tus razones.


La extraña deslizó su mirada hacia el suelo, en silencio, y añadió en voz muy baja:


—Me llamo Éter.


Minerva no habló. Le impresionó la súbita afirmación, el nombre que acababa de oír. Pero nada más. No había nada que decir. Así que ambas se hundieron en un silencio profundo. Y, mientras Éter pensaba, Minerva dejaba que su mirada caminase por el cuerpo inerte de su abuelo.


La estancia que les había sido asignada en el hospital contaba con una sola ventana, muy pequeña, y la luz blanquecina entraba tenue por ella, con timidez. El color azul de las paredes le recordaba a Minerva el cielo, y la cama una densa nube de blancura. Sin saber por qué, aquellos colores despertaban en ella una amargura insondable.


Éter meditaba. Su naturaleza le impedía ejecutar cualquier acción sin antes haber sopesado todas y cada una de sus posibles consecuencias. Estaba serena. Ella entendía la muerte; conocía sus secretos y de ninguna manera le acobardaba. Sabía que la historia que acababa de contarle a Minerva era verdadera. Entendía, también, que la chica viera en ella una simple leyenda. A pesar de que no lo era en absoluto.


—¿Conoces la razón por la que entré en esta habitación, y no en otra?– preguntó.


De la boca de Minerva no salió sonido alguno. No obstante, sí lo hizo de sus ojos una lágrima.


—Soy Éter, la eterna– la extraña clavó en Minerva una mirada, sin evitar dejar caer en ella un rastro de orgullo–. La única que superó en sabiduría a la Madre Natura, y venció a sus hijos. O lo que es lo mismo, a nuestros hermanos. A “tus” hermanos.


Esta vez, Minerva levantó la cabeza para mirar a Éter. Parecía haber en su rostro una huella de admiración. Sin embargo, masculló:


—Estás loca.


Entonces, Éter abrió mucho sus grandes ojos castaños, extendiendo un abanico de pestañas.


—Vine a ti para ayudarte– observó a Minerva con desprecio–. Los mortales sois necios.


Minerva bufó.


—Vete– dijo.


—Tú no puedes verlos– continuó Éter, ignorándola–. Lo rodean todo, lo arrasan todo. Como una enorme marea de mugriento petróleo. Incluso a ti te cubren. Apenas se te ve bajo su manto renegrido– Éter apuntó su dedo índice al brazo de Minerva–. Yo veo como te van arrancando la vida, cachito a cachito, como hicieron con tu abuelo...


—¡BASTA!– bramó Minerva–. ¡BASTA, BASTA, BASTA!


Se levantó con brusquedad, de manera que la silla resbaló por el suelo aparatosamente y osciló unos segundos sobre sus patas traseras, hasta estabilizarse con un estrepitoso golpe.


La furia de Minerva se derramó sin control, y también sus aullidos y gritos frenéticos.


Cuando la enfermera llegó encontró únicamente a Minerva, extremadamente nerviosa. Varios objetos yacían diseminados por la habitación. La chica, perturbada, vociferaba una letanía de injurias.


—¡Vete, vete! ¡Déjanos en paz! ¡Estás loca! ¡Vete, vete, vete, vete...!


Y, eventualmente, cesaban sus bramidos y Minerva se observaba, despacio, minuciosamente, como si buscara algo entre los pliegues de su atuendo. Y tornaba a gritar entre gemidos, mientras se sacudía con angustia:


—¡No me comáis, no! ¡Malditos!


A la enfermera le llevó un tiempo aplacar la cólera que rebasaba a la joven. Logró hacerla sentar en la silla y la apaciguó, mientras una pena honda martilleaba su pecho. Adecentó el cuarto y se marchó, pero antes lanzó una última ojeada a la joven, que respiraba agitadamente y tenía el rostro encendido. “Pobre chica”, se dijo para sí. “Su abuelo era lo único que le quedaba. Me gustaría poder hacer algo por ella.”


La mujer se detuvo. La idea que se le acababa de ocurrir la había impactado a ella misma. Pero una cosa era cierta: llevaba tiempo suspirando enardecidamente por tener a alguien que destituyera su soledad de una vez por todas... En un repentino arrebato, se volvió y recorrió el corredor con apremio, en dirección a la habitación de Minerva.


Lo que se encontró cuando abrió la puerta la sobrecogió.


Un silencio espantoso gobernaba la sala. Minerva, pálida como una flor de azahar, tendida sobre el lecho de su anciano antecesor, circundaba su cuello con ambos brazos. Sus manos, gélidas, se apretaban una contra otra, crispados los dedos.


Su cara arrasada por las lágrimas se encontraba en extraño letargo.


Se diría que los hijos del Tiempo le habían despojado con sus colmillos de un trocito de corazón.

martes, 16 de agosto de 2011

La insoportable levedad del ser; de Milan Kundera

"El hombre nunca puede saber qué debe querer, porque vive sólo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni de enmendarla en sus vidas posteriores.
[...]
No existe posibilidad alguna de comprobar cuál de las decisiones es la mejor, porque no existe comparación alguna. El hombre lo vive todo a la primera y sin preparación. Como si un actor representase su obra sin ningún tipo de ensayo. Pero ¿qué valor puede tener la vida si el primer ensayo para vivir es ya la vida misma? Por eso la vida parece un boceto. Pero ni siquiera boceto es la palabra precisa, porque un boceto es siempre un borrador de algo, la preparación para un cuadro, mientras que el boceto que es nuestra vida es un boceto para nada, un borrador sin cuadro."


SINOPSIS
Es ésta una extraordinaria historia de amor, es decir, de celos y de sexo, de traiciones y muerte, y también de las debilidades y paradojas que marcan la vida de dos parejas, la compuesta por Teresa y Tomás, y la de Franz y su amante Sabina, cuyos destinos se entrelazan irremediablemente. En esta novela ya clásica, el lector penetra  en la trama  de actos y pensamientos que el autor va tejiendo con diabólica sabiduría en torno a sus personajes. Una trama en la que los celos de Teresa hacia Tomás, el terco amor de éste por ella pese a su irreflenable deseo de otras mujeres, el idealismo lírico de Franz ante de Sabina, y la necesidad de ésta, amante también de Tomás, de perseguir una libertad que tan sólo la conduce a la insoportable levedad del ser, se convierte en una lúcida reflexión sobre los problemas filosóficos que afectan a nuestra existencia. 
Se trata de una historia bien escrita, plagada de reflexiones sobre la vida. Me ha parecido que el desarrollo es un poco confuso, dando saltos en el espacio y en el tiempo que muchas veces me desconcertaban. Me daba la sensación, a veces (que recuerde, me ha pasado en dos ocasiones), de que una vez terminado un capítulo, en el siguiente se volvía al punto de partida del anterior, y los hechos se desarrollaban de forma totalmente distinta. O se narraban unos hechos, y a la página siguiente se narraban otros que no cuadraban con los anteriores. Sólo cabía imaginarse que los anteriores eran un sueño del personaje, porque si no no había manera de explicárselo... o soy yo, que no me aclaro. En definitiva, algo confuso y muy repetitivo... Parece que todo son pegas, la verdad, pero el hecho es que no lo he pasado mal leyendo y tenía pasajes verdaderamente interesantes.

El personaje de Tomás se tornaba contradictorio en mi mente, pues un hombre que necesita estar con varias mujeres diarias no es precisamente mi prototipo de hombre perfecto... más bien lo es al contrario. Odio ese tipo de hombres, claro está. Y tampoco hace falta que necesite varias mujeres diarias para odiarlo: con una a la semana, o menos, me basta para experimentar ese sentimiento. Y el quid de la cuestión llega cuando no podía odiarlo. No sé cómo se las ha arreglado Kundera para presentarlo de un modo que no lo odie. Tal vez, explique de forma tan clara y sincera sus sentimientos que uno puede llegar a comprenderlo... ¡Incluso, sentir lástima de él!

El otro personaje con que he confraternizado más es Teresa que, amando a Tomás con toda su alma, tenía que soportar día a día sus infidelidades. Ella y su perrito Karenin (que la hace compañía en ausencia de Tomás) aportan el lado inocente y tierno a la narración. Sobre todo al final, donde ciertos tristes acontecimientos ocurren, y para mi gusto es una de las partes mejor conseguidas.

Los demás personajes no han calado mucho en mí... Os dejo con este trailer de una película que se ha hecho basada en el libro. No la he visto, pero parece que el tráiler logra captar más o menos la esencia de éste. Cosa meritoria, por cierto, ya que mientras lo leía me decía: "¿Se habrá hecho película de esto? Con lo lioso que es, tiene que ser un poco difícil".




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