lunes, 13 de julio de 2009

Primera y única impresión

Lo primero que vieron mis ojos al llegar a él fue un pueblo de los del montón. Nada de particular, me dije, decepcionada. Y encima se llama Carboneras, siendo sus edificios más blancos que la espuma de las olas. El coche quedó aparcado junto a un castillo de piedra que se convirtió en la primera desilusión. Ciertamente bonito por fuera, en su interior se había convertido en un albergue para un festival de… ¿flamenco? (creo recordar). He dicho la primera desilusión. Pero… ¿sabéis qué? También fue la última.

Basta un breve recorrido por el paseo marítimo para darse cuenta de que uno no se encuentra en un pueblo como los demás. Es de esa clase de pueblo que alguien ha estado imaginando siempre, soñando; evidentemente no alcanza por completo lo idílico del sueño, pero se acerca con sutileza a él sin dejar de estar sujeto a la realidad. Supongo que lo que a mis ojos le otorgó gran parte de su belleza fue la luz. Esa clase de luz que el sol sólo puede regalar en las horas avanzadas de la tarde, cuando ya se está desperezando para irse a descansar, para poco a poco arroparse en la manta del horizonte. También las gentes. Cuando a uno le hablan sus abuelos o ancianos conocidos de esos extraños personajes que viven en sus casas con las puertas abiertas a sus vecinos y en lugares en los que todo el mundo se conoce… Suena como si a uno la hablaran de un animal en peligro de extinción (más bien desaparecido hace millones de años). Y también da cierta envidia que eso ya no exista, que haya que estar pendiente de que no quede una sola rendija abierta en los dominios domésticos por miedo a asaltos inoportunos. Por eso sorprende verse inmerso en un lugar en que al parecer eso sigue existiendo. Y digo “al parecer” porque una observadora únicamente ha disfrutado de una tarde allí, y poco puede asegurarse en una primera y única impresión.

Caminando a lo largo del mencionado paseo, al frente tenemos un sendero de adoquines cómodos de pisar, aunque uno no piensa mucho en eso de todas formas cuando se sumerge de verdad en el entorno. Según el sentido que tomemos tendremos, a un lado u otro, la extensión del pueblo. Visto de modo meramente físico y en conjunto, de lo único que se puede hablar es de edificios bajos blancos con montañas al fondo. Podría añadirse también que los edificios tienen su encanto. Pero no es eso lo bonito, seguro que no, y se sabe por una cosa. Se sabe porque quién ha estado allí y ha hecho fotos y ha sentido algo al estar allí y luego ha visto las fotos sin estar allí, no ha sentido lo mismo que al estar allí. Así que tiene que haber algo no-físico en el “lado pueblerino” del paseo marítimo que le otorgue su encanto. Y ese algo no-físico sólo puede verse desde el interior… pero aún no ha llegado el momento de que el lector lo entienda.

Primero hablemos del otro lado del “sendero”. Al tratarse de un paseo marítimo, resulta evidente que al otro lado hay mar. Bien. Acabamos de ver una de las pocas cosas evidentes que se cumplen en Carboneras. En este punto sería adecuado mencionar, por fin, uno de las claves que contribuyeron a mi encanto y sorpresa para con el pueblo. Y es que estoy tan acostumbrada a paseos marítimos plagados de caminantes bronceados, de tiendas de complementos playeros, de… en resumen, de típico turismo de playa y sol, de… cómo lo diría… ¿turistas-bronceados-consumistas-con-niños-pequeños-en-típicas-vacaciones-de-verano-en-lugares-masivamente-hoteleros? Creo que no acabo de encontrar la forma exacta de expresarlo, pero en todo caso, ahí queda el intento. Pues eso. Que quedé sorprendida al ver que allí no había de eso. Había un ambiente increíble, gente, mucha, paseando de un lado a otro. Eso sí. Pero en la playa no había turistas-bronceados-consumistas-con-niños-pequeños-en-típicas-vacaciones-de-verano-en-lugares-masivamente-hoteleros. Qué digo en la playa. Me refería a La Playa. LA PLAYA. ¡LA PLAYA! Sí, así mejor. En mi vida una playa me había llenado tanto. Eso sumado a que el momento del día, la luz ya mencionada, era inmejorable. La Playa era una vasta extensión de arena y piedrecillas salpicadas de cúmulos de palmeras (que pronto empezamos a llamar coloquialmente “oasis”) y barquitas reposando bocabajo como si sus barriguitas curvadas hubiesen crecido de la arena. Una vasta extensión de arena sin inundar, estrangular y ahogar por las toneladas y toneladas de sombrillas habituales. Una vasta extensión de terreno todo ello disponible para ser contemplado al desnudo. Por entero. Libre.

Y todo eso implica que uno podía sentarse en la arena pedregosa de esa playa y ver el horizonte del mar confundiéndose difusamente con el cielo (algo que habitualmente puede verse en cualquier playa), pero también podía contemplar el horizonte de la tierra recortándose con el azul del cielo y salpicado por la silueta negruzca de alguna palmera. Todo ello con la añadidura de no mancharse con la arena fina (las piedras no se te meten por los más insospechados resquicios de las vestimentas) y de poder hacerse dueño en poco tiempo de una respetable colección de cantos rodados de colores variopintos. Si además, justo en el momento en que uno se encuentra escuchando las olas tranquilamente (sin estar rodeado por centenares de turistas-bronceados-consumistas-con-niños-pequeños-en-típicas-vacaciones-de-verano-en-lugares-masivamente-hoteleros) y haciendo fotos de aire melancólico al propicio paisaje, aparece un perrillo vagabundo dando saltitos y comienza a revolcarse en la arena de la orilla… la ensoñación está asegurada.
El lado marítimo y el lado popular se funden en una línea finísima de intimidad, en un marco entrañable en que el caminante del paseo marítimo se ve irremisiblemente envuelto. Llega el momento esperado: veámoslo “desde el interior”.


Por la tarde, a pie de calle, los pueblerinos se sientan a la entrada de sus hogares con puertas y ventanas abiertas directamente hacia la playa, con ese único sendero de adoquines como separación. Se reúnen y charlan, tal vez intercambian cotilleos y noticias. ¿No empieza a oler a antiguo? Uno sigue caminando y ve más y más pueblerinos a la puerta de sus casas, esas casas que físicamente eran blancas y pequeñas, pero en las que ahora además distinguimos puertas y ventanas adorables, vislumbramos algún que otro interior acogedor, oímos voces…

Luego empieza a anochecer. Ahora hay mucha más gente en las calles; es momento de pensar en la cena y los muchos caminantes del paseo empiezan a verse sentados en las terrazas de los chiringuitos. También han ido llegando vendedores que han montado sus puestos, y se ven esas ropas de colorines que yo llamo hippies sacudiéndose o colgando ondulantes en sus perchas a la vera del camino. Todo ello va siendo engullido poco a poco por la oscuridad del cielo nocturno, que vuelve el mar negro y misterioso y ensombrece las piedras de la playa. La luna es un círculo brillante suspendido sobre el horizonte, y su reflejo forma un camino desde la línea lejana de este hasta la misma orilla, donde siguen rompiendo las olas. Un camino luminoso y amarillo era aquella noche. Si uno se alejaba del bullicio amable de los paseantes y comensales nocturnos y se aproximaba a ese otro camino que le tendía la luna, las voces humanas se iban difuminando y se hacían oír las otras, las de la espuma.


Acercarme al camino amarillo ha sido lo más bonito que he hecho desde hace tiempo. Fue tan breve e intenso que pareció un sueño.

1 comentario:

  1. "Turistas-bronceados-consumistas-con-niños-pequeños-en-típicas-vacaciones-de-verano-en-lugares-masivamente-hoteleros". Me encanta...jajajaja
    Y Caminante, eres persona de ciudad, te invito a concoer mi pueblecito, quedan resquicios de lo que a tu parecer, parece que es de hace millones de años, los ancianos sentados a las puertas de sus casas.

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